El pequeño dios no pide nada.
Nada.
Pero ¿qué otra cosa puede querer hacer uno
cuando se encuentra bajo los dominios
de un pequeño dios, sino complacerlo?
Un día entonces le ofrece una flor. Una flor
tiene que ser hermosa.
Otro día le ofrece un poema
de nubes, de vapores, de rocíos.
Al tercer día, busca los frutos más dulces,
mejor si son del color del caramelo.
Siempre, al pequeño dios,
se le ofrece tiempo. Mucho tiempo.
Porque, ¿qué hacen los pequeños dioses
sino deslumbrarnos?
(inédito)
Autores de Concordia