Lleve un poquito de tierra en el bolsillo izquierdo. Solo un poquito. Que sea una costumbre o un ritual. Hace falta que la tierra esté cerca por si acaso. Uno nunca sabe cuándo perderá el rumbo. Porque es un hecho que el rumbo se pierde. No es que uno pierda el rumbo o el rumbo lo pierda a uno. Sucede. No se anticipa. No se presagia. No se dice uno: he perdido el rumbo. Sucede de improviso. Un domingo en plena siesta. O un miércoles, al tomar el colectivo. Pierde uno la noción, se pregunta: quién es, qué hace, porqué lleva esa cabeza incrustada sobre un cuerpo, porqué pasea un cuerpo que va y viene y viene y va en un asfalto que, de momento, se le ha hecho gris como la cal. Ni siquiera le ha dejado a usted el consuelo del negro. Entonces, recuerda: la tierra en el bolsillo izquierdo. La toca, la palpa, la huele. Algo en su raíz moverá la cola, le recordará sus tiempos de pez; su palidez, tomará la forma de una magnolia y; tal vez dirán, qué desvarío, cuánta exageración, pero no miento si digo que un alma le florecerá en el medio del pecho.
(inédito)
**Este texto participó de la suelta de textos organizada por la Subsecretaría de Cultura de la ciudad de Concordia, el 24 de agosto de 2022, celebrando el Día del Lector.
Autores de Concordia