MINIATURAS EN OTOÑO

 

Las noches de otoño

son largas sólo de nombre:

nada más encontramos,

sin apenas cruzar palabra

llegó el amanecer.

Ono no Komachi

 

 

I

En la estación del otoño se inauguró en el Museo de Arte Oriental de Buenos Aires la muestra “Conversaciones en la bruma. Un archivo afectivo para la obra de Saito Shosaku”, una exhibición temporaria de la artista paranaense Karen Spahn, con curaduría de Raquel Minetti.

En lo ancestral, antes del implante de calendarios solares y lunares de China por medio de la península Coreana en el siglo VI, en Japón se labró un almanaque natural, fecundado por el obrar agrícola: tiempo de siembra (primavera) y tiempo de cosecha (otoño). Así, la primavera y el otoño desde ese origen continuaron siendo las estaciones capitales en los sucesos económicos, religiosos, políticos y poéticos. Un ejemplo es la vasta colección de poesía japonesa antigua y moderna -Kokinwakashū- de más de 1000 poemas, editada por el poeta Ki no Tsurayuki, donde leemos más poemas de otoño y primavera que de invierno o verano.

En la conversación envuelta en bruma se dibujan los trazos de Saito Shosaku, un artista japonés que vivió en la ciudad de Diamante, provincia de Entre Ríos, desde mediados de siglo hasta inicios de 1990. El tono de su pincel es una brisa que alienta la naturaleza de una nueva tierra ante sus ojos y cuyo milagro le permitió habitar las propias raíces, dijo Shosaku en una ocasión:

 

        En 1950 descubrí la hermosa ciudad de Diamante, que me atrajo profundamente, quizá porque me recuerda a mi tierra natal por su paisaje, ya que su clima, río y colinas le dan las condiciones de semejanza que tanto anhelo para mis búsquedas artísticas.

 

En la sombra de su paisaje perdido y recobrado, el tinte con que pinta la luz que baña la creación se tiñe, en la seda, de transparencia u opacidad. Y en el color de la bruma de la Entre Ríos de Saito: con sus cielos y sus hondos verdes, sus aves enigmáticas y sus claros en las colinas, y el viento que mece el sauce o roza sus ríos; despunta el encuentro de su obra con la artista entrerriana Karen Sphan. En este encuentro tiene lugar el temple de la afectación en el alma de la artista, una atmósfera la convoca a entonar, a recibir.

Ániti, anemos, atman, animus… sea en sánscrito, como en griego y latín, en lenguas orientales como occidentales, el vocablo alma comunica en su savia: aliento, viento y respirar. Como rasgo fundante, el alma es soplo, en su plasticidad inhala aire y exhala un viento que anima la vida. En el aliento de los trazos de Shosaku, Spahn se inspira en actitud discípular de la materia vital de sus visiones, de sus contemplaciones que pintaron con su lengua materna el horizonte entrerriano.

Karen se abre, se deja afectar, respira el alma en bruma de Saito, para que su hálito le sea revelación, cumpla su donación en un principio de generosidad para con la sensibilidad de la artista, para recolectar así su cosecha en este otoño que el viento esparce.

 

II

“Despertar Entrerriano” es una de las pinturas de Shosaku, la cual data de 1957. Un año después, en un otoño de 16 de abril, despierta al aliento Juan Meneguín, de quien Miguel Ángel Federik profiriera:

 

        La escritura de Juan Meneguín ha tenido siempre una tensión subyacente entre lo oriental y lo local de sus ámbitos naturales… y para jugar muy en serio con las palabras, puedo decir que siendo de Concordia, es el más oriental de los poetas entrerrianos.

 

La poética de Meneguín resuena como vasos de cristal con el choque ligero de un dedo oriental. Sus versos embeben vino con Li Po en el puerto de Concordia en compañía de una luna erizando apenitas el agua ya cuando el biguá se ha marchado hace como mil años, o embeben té bajo un olivo junto a Tu Fu, o embeben viento junto a Lao Tse un domingo con barriletes al sur… Orientándonos de nuevo al alma, cito apenas unas líneas de su poema "Cuando mi padre comía flores":

 

         La visita del alma fue entre dos pinos,

         rendidos de tormentas y calandrias...

 

         Yo supe colgar allí un pizarrón

         donde escribía haikus al modo de Matsuo Bashō

         pero el rocío de las noches insistía en desteñirlos

         o corregirlos, que es casi lo mismo,

         y la noche en que madre olvidó descolgar el pizarrón

         llovió más que nunca esa noche;

         el mejor de los versos se perdió

         entre las agujas de los árboles...

 

La visita caligráfica del alma del poeta japonés Matsuo Bashō (1644-1694) al pizarrón de un Juan Meneguín adolescente, contiene en su trazo el tacto de un soplo que es hacer del alma palabra. Poesía de la realidad como saber viviente, donde en cada cosa todo respira y expira, alienta la vida, respira el mismo aire: siendo la misma y única alma que se inclina en reverencia en el viento de otoño.

 

   Por Gonzalo Acosta Tito.