
(Federik, Calveyra, Meneguin e Izaguirre).
No fui su alumno, no estudié en Concepción del Uruguay.
Quizás en algún encuentro en Gualeguay o Victoria, él me preguntó por si conocía al Miguel, habiéndome escuchado leer aquellos lejanos “Cantos apocalípticos” y me dijo algo así “me extraña que escribas poesía en Concordia”. Y yo me reí, “todo es posible, hasta cambiar la historia”. “Una vez trabajé –recien recibido-- en la Escuela Victorín, donde el único que podía entender de poesía era Benavento (el hermano del poeta) y todo el mundo me decía “qué vas a enseñar literatura en Concordia, entonces volví... Mi padre era el jefe de correo en Liebig y lo conocía a tu abuelo Ferrier, como a Mateo Zelich o Martí”…
Héctor, o simplemente “Flaco” Izaguirre, el último maestro. El que decide irse el mismo día que hace 130 años naciera Juanele. El profe, el poeta, el formador de las mentes más interesantes de la última literatura entrerriana, el de la otra crítica literaria entrerriana, la surgida en la otra costa, en la antípoda paranaense, entre Delio Panizza y Angel Parodi y Linares Cardozo y gracias a ese tren casi fluvial que traía a Francisco Madariaga para reunirse con Luis Alberto Ruiz en Concepción del Uruguay, fue nutriendo su propia voz con eco de los Veiravé y las Ema de Cartosio y las generaciones del ‘40 y del ‘50 y luego los más jóvenes incipientes deslumbrados e iluminados por la poesía como Orlando van Bredem o Marcelo Rogatky y quienes no fueron poetas pero sí encumbrados alumnos como Ana María Silvano… yo no tuve ese privilegio pero celebro al gran maestro que tendía un puente invisible entre la tradición y los nuevos, y podía dialogar con ambos sin caretas mediante. El autor de _Sinfonía Gualeya_ que sometió el juicio final de su obra a la lectura de dos jóvenes entrerrianos, con una gran humildad y cariño.
Soy de una generación casi sin maestros o cuyos maestros vivos llegaron ya habiendo recorrido un camino. Héctor C, Izaguirre fue uno de esos. Hasta la poesía siempre, querido Flaco.
Autores de Concordia