TRES POETAS EN TRES MONASTERIOS

Distintas poéticas atravesadas por el monacato

TRES POETAS EN TRES MONASTERIOS

 

Por Gonzalo Acosta Tito.

Publicado en la Revista Análisis de junio de 2026.

Tres poetas contemporáneos hicieron retiros de semanas, meses, e incluso de años, en distintos monasterios católicos. Hablamos de Héctor Viel Temperley (1933-1987), quien pasó una temporada en Santa María de los Toldos (fundación suiza de 1948), Luis Gorosito Heredia (1901-1972), quien siendo sacerdote vivió cuatro años en la abadía del Niño Dios (fundación francesa de 1899), y Hugo Mujica quien fuera monje en el monasterio trapense (fundación norteamericana de 1958). Tres lugares que fueron y son focos de irradiación poética en medio de tantas vicisitudes; el porqué de esas experiencias puede encontrarse en que la cultura monástica supo conjugar desde su origen el amor a las letras y el deseo de Dios.

Viel Temperley, Luis Gorosito y Hugo Mujica.

 

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Hay unas flores violetas / en un monasterio / que en invierno crecen como un colchón / a la sombra de los árboles / Y uno puede tirarse de pecho / sobre ellas / y sentir hasta el alma / la humedad de la tierra. Un día le pedía a Dios con lágrimas: / Carajo, estate siempre así conmigo, / como ahora / A vos sí / te pido que me quieras.

El poema es de Héctor Viel Temperley y pertenece al libro Humanae vitae mía (1969), título que personaliza la encíclica de Pablo VI Humanae vitae (1968): De la vida humana a De mi vida humana. La tierra húmeda que desoculta las lágrimas de su vida es el monasterio de los monjes benedictinos Santa María de Los Toldos, emplazado en General Viamonte, al noroeste de la provincia de Buenos Aires. Allí Temperley pasó una temporada a finales de la década de 1960, además de sucesivos retiros.

Dice otro fragmento del libro citado: Deja de llover sobre mi cabeza / y el aire tiene un olor tibio / que conozco. / Olor a luz, a madera e incienso. / Olor a madrugada / en un monasterio. / Tirado y con los codos en la arena / escucho todas las primeras misas del mundo / que se rezan por mi alma.

Madrugada donde los monjes aún cantan en su salmodia matinal unos versos que fueron escritos por Viel: Tu mano acerca el fuego a la tierra sombría / el rostro de las cosas se alegra en Tu presencia / silabeas el alba como una palabra / y pronuncias el mar como una sentencia. El soplo del Creador aletea ese mar llevándolo a Temperley a nadar su Crawl (1982) para repetir con brazos en oración: Vengo de comulgar y estoy en éxtasis, / aunque comulgué como un ahogado.

En la única entrevista que concedió unos meses antes de morir en 1987, rememoró: “todas las mañanas mamá me llevaba al río, cargado en la espalda. Yo todavía no sabía caminar. Y un día me caí al agua. Recuerdo que estaba sentado debajo del agua en paz”. Aquella paz que supo encontrar tirado en un colchón de flores violetas pidiéndole a Dios que esté siempre con él, allí en la humedad de la tierra del monasterio de los Toldos. Paz que se transfiguró como herida en la herida abierta del Hijo único de Dios. Dejó escrito en su último libro Hospital Británico (1986): …Mi madre / vino al cielo a visitarme. / Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. / Soy feliz. Me han sacado del mundo. / Mi madre es la risa, la libertad, el verano. / A veinte cuadras de aquí yace muriéndose. / Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara –en Tu llanto– para comenzar todo de nuevo.

(Visité el monasterio en junio del 2023. Contiguo a la iglesia aparece un museo que lleva el nombre de Meinrado Hux, en conmemoración a un monje suizo al que se le encomendó la tarea de registrar la historia del lugar. El claustro cuenta con una biblioteca dividida en cuatro espacios, en su inventario despunta un libro de Héctor Viel Temperley).

 

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En otro monasterio de la orden benedictina, pero esta vez de la geografía entrerriana, vivió el poeta Luis Gorosito Heredia. La abadía del Niño Dios de la ciudad de Victoria, alojó durante una estancia de cuatro años –de 1958 a 1962–, al escritor de Península de cielo (1947), La tierra del pródigo (1948) y La fiesta del cielo (1962).

Su poemario Pájaro ciego (1960) fue inspirado, escrito y publicado cuando moraba en el monasterio del Niño Dios, editado en Buenos Aires en la Colección de La Brújula dirigida por Ricardo Furlán. Leemos en sus versos: ¡Tanto tiempo perdido en vano vuelo / pájaro audaz, huyendo a ras del suelo! / Al fin regresas, pero mal herido. / Tarde hallarás la rama de tu cielo. / Si eres pichón, ¿por qué dejaste el nido? / ¿Qué te dio, pues, la rosa sin sentido más que estupor y espanto, fuego y hielo? / Tiéndete, pues, tus alas apresura, que si en el valle acecha la negrura, en la cúpula azul siempre es de día. / ¡Flauta de Dios, color arrodillado, / ay, cómo cantarás, cuando has cegado por el amor y por su melodía!

En la lírica de Pájaro Ciego la compunción se expresa como un remordimiento honesto que purifica de las malas acciones y del apego a los sentimientos negativos. La compunción es una punzada que actúa de forma misteriosa como un don. Dios la dona y Gorosito Heredia consiente con ella, así provoca una purificación pasiva. Para esto es necesario hacerse sensible a esa sutil intervención en los sentidos que es la compunción. En la medida que el poeta se eleva en la vida de oración, la punzada incita a depurar las intenciones y el deseo. Heredia poetiza de este modo: Así quiero vivir, divinamente / rezando con el Hijo a cuatro manos.

La compunción es portadora de alguna forma de sacralidad, de alguna forma de sacrificio y expiación, y hasta de santidad. Por lo que es retornado a una segunda inocencia. Vale citar lo que afirmó el poeta tiempo después de la experiencia monacal: “En aquella tierra casi virgen desde la creación, destinada a la pureza de oración de los monjes, aquella sensación de recogimiento… ¡Cómo debía estar penetrada de salmos y antífonas y ayunos y tentaciones vencidas, y campanas y ángeles esa tierra de cielo, ese pedazo de suelo…!”.

Luis Gorosito Heredia fallece en 1972 cuando residía en Alta Gracia, Córdoba. En su último poemario titulado La Isla que yo he sido, sigue resonando la geografía bucólica de esa zona de Entre Ríos y la hospitalidad de los monjes, que le brindaron el ambiente propicio para transitar su cuaresma en libertad de espíritu y emplear así su talento literario desde la creación y la renovación. Su estilo se hace límpido como límpidos sus sentidos: Voy a tenderme entre los pastos a contemplar el río. / La sinfonía de las islas verdes / nidos de alas... / Ritos de fe de todas las mañanas, / cada día más límpidas y más nuevas. / Sobre la onda misericordiosa flota la muerte”.

(En el cementerio de la abadía vi la tumba del sacerdote José Germaniez, quien fuera el abad en el tiempo que Luis Gorosito Heredia viviera allí bajo el nombre de Anastasio).

 

 

3.

Y, por último, nos vamos a la abadía cisterciense Nuestra Señora de los Ángeles, más conocida como monasterio trapense, en Azul, provincia de Buenos Aires. Allí residió el poeta Hugo Mujica desde 1972 hasta marzo de 1975. Ese mismo año se trasladó al monasterio trapense de Mont-des-Cats en Francia.

Mujica fue el último ganador del Premio de Poesía Fundación Loewe –el más importante de poesía en castellano– con Las hojas, la brisa, y la luz danza las sombras. El jurado destacó “una experiencia lírica de absoluta pureza, meditación contemplativa y una espiritualidad no dogmática”.

Mujica contó en una entrevista, “entré en un monasterio y recién después de unos años, en esa experiencia de silencio, ahí empecé a escribir… yo nazco a la poesía después de estar en el monasterio trapense”. En la radicalidad del silencio monástico se abre a la escucha hasta que el escuchar habla y busca decirse. Este decir escuchante se devela como palabra poética. La palabra poética, tal vez sea la posibilidad de nombrar las cosas del mundo desde su nacerse o resonancia primera, para hacer de lo mismo lo único. El poeta en la enunciación de la palabra intentaría dejarla ser para que la palabra se diga desde su ser sentido. Recordemos que el vocablo sentido en su primerísima acepción viene de sendero, así el poeta de la escucha orienta a la palabra por la senda del despliegue de su ser esencial, se torna receptivo a su misterio poetizante.

Poetiza Mujica: El hombre y su misterio. / El niño que en algún verano / (en la oscuridad del olvido) / juega en la playa escuchando la promesa / que el vacío de la caracola / le susurra al oído: en el silencio el silencio habla.

El silencio trapense inaugura la atención a la escucha ontológica, ella es contacto con la dimensión íntima de la vida, ahí donde todo es recepción, allí donde todo se origina para dejar surgir la vida misma en su carácter irradiante. Dice uno de sus poemas: mirada / labios del silencio / y la palabra / la boda que aún no soy.

 Dijo alguna vez que “la receptividad poética se puede ilustrar con la imagen de la escucha, pero también con la de la desnudez. Cuanto más escucha uno nada, para que lo que nazca no sea nada de lo ya sabido o repetido, entonces surge la pureza y la transparencia". La pureza que encontró en la arquitectura trapense, tan desprovista de ornamentos y despojada de distracciones, junto a la transparencia que escuchó al no verse reflejado en el lenguaje del silencio, la palabra poética tuvo espacio en ese encuentro, para irradiar desde él y hacer verso. Como sintetiza en uno de ellos: Cuando dos huecos se encuentran / no son huecos: es transparencia.

(Caminando con Hugo por el campo de la trapa el 9 de diciembre de 2018 confesó algo que no está en ninguno de sus libros y es que en su tiempo de monje había contemplado el horizonte cielo-tierra todo de color amarillo).

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Temperley, Gorosito Heredia y Mujica no dejan de señalar los frutos de la experiencia monacal, los lazos que unen poesía y fe o sentido y sacralidad. En estado de intenso placer espiritual, estos poetas nombran una religión vivida que se funde con lo santo de la finitud.