AL ALBA LA NIÑEZ

 

Un niño puede hacer preguntas que un hombre sabio no puede responder.

                                      Oscar Wilde

I

 

Mi primer contacto con la literatura nació en la infancia, en la casa de mi abuela Lida, una ávida lectora de grafía notable. Allí descubrí un libro ilustrado del que me quedó grabada una imagen: una estatua despojada de sus ojos. Los años pasaron y, ya en mi época de universitario, mientras buscaba algún libro para pasar la tarde en la biblioteca del Palacio Pizzurno, decidí indagar en la obra de Oscar Wilde, impulsado por el impacto que me había causado la lectura de El retrato de Dorian Gray. Entre los títulos, se destacaba El príncipe feliz. Lo tomé y, en la compañía del silencio, comencé a recorrer sus páginas hasta que, con profundo asombro, me di cuenta de que tenía entre mis manos la historia cuya ilustración había marcado mi infancia.

Publicado en 1888, El príncipe feliz es el cuento que da título al libro donde a su vez despuntan “El gigante egoísta” y “El ruiseñor y la rosa”, entre otros. Se dice que Wilde los escribió para sus hijos, Cyril y Vyvyan.

La historia nos presenta a una majestuosa estatua alzada en lo alto de una columna, cubierta de oro fino, con dos zafiros por ojos y un gran rubí en su espada. En vida, el príncipe había habitado un palacio ajeno al dolor y la tristeza, encerrado en un mundo de privilegios; sin embargo, tras su muerte y convertido en monumento, contempla por primera vez la miseria, el hambre y la injusticia de su ciudad.

El núcleo del relato se consolida con la alianza entre el príncipe y una pequeña golondrina que se ha quedado atrás en su viaje migratorio hacia Egipto. Conmovido por el sufrimiento ajeno, el príncipe le pide al ave que despoje a la estatua de sus joyas y láminas de oro para repartirlas entre los desamparados. El desenlace camina hacia un lírico sacrificio: la golondrina muere de frío debido a su entrega, provocando que el corazón de plomo del príncipe se parta de tristeza. Aunque las autoridades tiran el corazón roto y el pájaro muerto a la basura, un ángel enviado por Dios los rescata por ser lo más valioso de la ciudad, otorgándoles un lugar en el Paraíso por toda la eternidad.

 

II

 

En el stand de Autores de Concordia, durante la Segunda Feria Provincial del Libro celebrada en Concordia, Entre Ríos, incluí la colección de Las aventuras de Amalia, de Sofía Lucey Ittermann. Los niños que se acercaban con sus padres se detenían a observar las ilustraciones mientras hojeaban las páginas; sus ojos luego fueron mis ojos, y me dejé conducir por Amalia hacia el sendero de esa lejana esencia que viene de dentro y pulsa por ser recordada. Desde las raíces del ficus de su patio, pensé en las palabras del filósofo Martin Heidegger cuando pronuncia la etimología de la salvación:

Salvar es ir a buscar algo y conducirlo a su esencia, con el fin de que así, por primera vez, pueda llevar esta esencia a su resplandor propio… Donde algo crece, allí tiene echadas las raíces y desde allí prospera. Ambas cosas acontecen de un modo oculto y callado, a su tiempo.

Así, el lenguaje se salva cuando es conducido a su esencia, es decir, a su suelo natal. El lenguaje, en su origen, está llamado a convertirse -desde sus raíces- en el anunciador de las palabras que todas las cosas del cielo y de la tierra pronuncian. Es el inspirar que se oculta en el ser de cada palabra como posibilidad de exhalar las sílabas de su presencia.

Es allí donde, entre las hojas que cubren las raíces del gran ficus, aparece La cáscara de un huevo pequeño, en cuya apertura se revela un pájaro. Este hallazgo esgrime la fragilidad de un ave como el leitmotiv que despierta la empatía y la compasión. El pichón de gorrión rescatado por Amalia recuerda a la golondrina de Wilde; ambos animales, vulnerables y desamparados, transforman su entorno al activar una red de cuidados e involucrar a los protagonistas en el acto de alimentar, proteger y dar refugio al más débil.

La diferencia radica en el desenlace. Mientras que el cuento de Wilde se encamina hacia el sacrificio y un trágico final invernal, el relato de Amalia ofrece una lección otoñal sobre el desapego y la libertad. La partida del gorrión con su bandada genera una tristeza natural, pero el dolor de la ausencia no es definitivo ni destructivo; se convierte en un rito de madurez donde Amalia se seca las lágrimas y, con una profunda sensibilidad fraternal, toma de la mano a su hermanito Tito para transformar la melancolía en el juego cotidiano de moldear tortitas de barro en el jardín.

Ambos cuentos demuestran que la esencia de la literatura, al rescatar la fragilidad "de un modo oculto y callado, a su tiempo", nos devuelve la capacidad de vivir el mundo con compasión y con-pasión, como un alba en la palabra alba.