MANUEL GÁLVEZ
Manuel Gálvez nació en Paraná el 18 de julio de 1882, en el seno de una familia criolla acomodada y de tradición política, descendiente de Juan de Garay, fundador de Santa Fe y de Buenos Aires. Su infancia transcurrió en la provincia de Santa Fe, donde se educó con los jesuitas, antes de trasladarse a Buenos Aires para estudiar Derecho, carrera que completó en 1904 en la Universidad de Buenos Aires sin llegar a ejercerla nunca. A diferencia del resto de su familia, no sintió inclinación por la política: su vocación, desde joven, fue la escritura.
En 1903, todavía estudiante, fundó junto con Ricardo Olivera la revista Ideas, su primer gesto de intervención pública en el campo literario, y desde entonces no dejó de escribir: artículos periodísticos, poesía, ensayo, teatro, biografía, historia y una vasta obra narrativa. Trabajó también como inspector de escuelas secundarias, un oficio que dejaría huella en La maestra normal, y viajó extensamente por Europa.
Su proyecto narrativo se inscribe en el cruce entre el realismo y el naturalismo de raíz zoliana, con una impronta ligada a la Generación del 98 española —sobre todo a Miguel de Unamuno— y a los grandes novelistas totalizadores del siglo XIX, Balzac y Pérez Galdós. Como ellos, Gálvez concibió la literatura como una herramienta para recorrer y explicar la sociedad de su tiempo, y en particular para intervenir en el debate, muy vivo en los años del Centenario, sobre la profesionalización del escritor argentino.
Se casó con la escritora católica Delfina Bunge, con quien compartió inquietudes literarias y religiosas hasta la muerte de ella en 1952; más tarde volvió a casarse, con Elena Gaviola Salas. Su trayectoria política fue, según sus propios biógrafos, zigzagueante: apoyó el golpe de 1930 y luego se distanció de él, participó del nacionalismo católico de los años treinta y, hacia el final de su vida, se acercó al peronismo, sin dejar nunca de reivindicar su lugar como cronista crítico —y a menudo incómodo— del alma nacional.
Fue una de las figuras centrales de la institucionalización de las letras argentinas: participó en la fundación de la Academia Argentina de Letras y fue miembro de la Real Academia Española desde 1928. En vida conoció un prestigio poco común —tres nominaciones al Premio Nobel de Literatura, en 1933, 1934 y 1951— y dejó cincuenta y ocho libros publicados, traducidos a numerosas lenguas. Murió en Buenos Aires el 14 de noviembre de 1962, a los ochenta años, tras haber dedicado sus últimos años a Recuerdos de la vida literaria, sus memorias en cuatro tomos.
OBRA DESTACADA
La maestra normal (1914). Su primera gran novela y la que le dio consagración nacional. Sigue el destino de Raselda, joven maestra normal, para tender desde ahí una crítica a la mezquindad de los pueblos de provincia y a los límites de una formación docente sin sustento ético.
El mal metafísico (1916). Retrato de la bohemia literaria porteña de comienzos de siglo a través de Carlos Riga, poeta consumido por una vocación que no encuentra lugar en una sociedad materialista. Es, junto con La maestra normal, la novela más estudiada de su producción.
Nacha Regules (1919). Ganadora del Premio Municipal de Buenos Aires, narra el destino de una prostituta y el proyecto —a la vez amoroso y redentor— de un hombre de clase alta que intenta rescatarla, en clave de denuncia social.
Historia de arrabal (1922-1923). Continúa la exploración de los márgenes urbanos de Buenos Aires que Gálvez había iniciado con Nacha Regules.
El general Quiroga (1932). Biografía novelada de Facundo Quiroga que le valió el Premio Nacional de Literatura, dentro de una serie de biografías de figuras del siglo XIX argentino —Rosas, Sarmiento, Yrigoyen— escritas con una mirada revisionista y con recursos propios de la ficción.
Hombres en soledad (1938). Novela de madurez, centrada en el aislamiento y el desencanto de sus personajes.
Recuerdos de la vida literaria (1944-1965, 4 tomos). Sus memorias, escritas hacia el final de su vida, donde repasa con detalle —y con una autoestima que sus críticos no dejaron de señalar— toda su carrera de escritor.
Leído hoy, Gálvez es un autor incómodo de clasificar: demasiado narrador para el ensayo, demasiado ensayista para la pura ficción. Esa tensión es, en realidad, el motor de sus mejores libros. En La maestra normal y El mal metafísico, el naturalismo de raíz zoliana —el interés por el ambiente, por la fisiología social de sus personajes— se combina con una preocupación de estirpe unamuniana por el destino individual, por lo que él mismo llamaba el «mal metafísico»: esa disposición a soñar y a exigirle un sentido trascendente a la vida que la sociedad materialista del Centenario no sabe alojar.
Es, en ese sentido, un cronista del fracaso: sus protagonistas —Raselda, Carlos Riga, Nacha Regules— son figuras que chocan contra los límites de una Argentina en plena profesionalización de sus instituciones (la escuela normal, el campo literario, la asistencia social) y que pagan un precio alto por no encajar en ellas. Ahí reside buena parte de su valor documental: sus novelas funcionan también como crónica de los debates del Centenario sobre qué lugar debía ocupar el escritor y el intelectual en una sociedad que empezaba a profesionalizarlos y, al mismo tiempo, a desconfiar de ellos.
Sus biografías de Rosas, Sarmiento y Yrigoyen —que le dieron buena parte de su prestigio en vida— muestran el mismo cruce de registros: introducen procedimientos novelescos en el relato histórico, humanizan a figuras que la historiografía académica solía tratar con solemnidad, y por eso mismo fueron leídas con recelo por buena parte de la crítica universitaria, que les objetó su carga ideológica —el nacionalismo católico de entreguerras— tanto como su libertad narrativa.
Esa misma polarización marcó la recepción de toda su obra. En vida gozó de un prestigio pocas veces igualado —tres nominaciones al Nobel, sitial en la Real Academia Española, ventas y traducciones considerables— pero su costado más conservador, su cercanía sucesiva al nacionalismo católico de los años treinta y luego al peronismo, así como cierta autocomplacencia que sus propios biógrafos reconocen en sus memorias, le valieron también objeciones firmes, y contribuyeron a que su lugar en el canon quedara, con el tiempo, más discutido que el de otros contemporáneos suyos. Rescatarlo hoy desde Entre Ríos, la provincia donde nació, es también una manera de devolverle complejidad a esa recepción dividida.
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