Ricardo Zelarayán, el anzuelo
Ricardo Zelarayán, el anzuelo
Pablo Aranda ficciona su amor por la literatura bajo el mantra lírico del escritor y poeta entrerriano en su reciente libro Zelarayán mi abuelo (ediciones la yunta, 2025). Los detalles en primera persona.
por Ariel Pennisi
Pablo Aranda nació en Santa Fe en 1986. Es Profesor y Licenciado en Letras. Ha colaborado en reseñas, artículos y ensayos para diversos medios. En el año 2015 tuvo su debut editorial con la publicación de Charla de pájaros (A Capela), una obra que trabaja conceptos filosóficos, y desde allí articula una semántica sometida a la sintaxis, para poner en tela de juicio tensiones propia del lenguaje. El libro tuvo revisiones para las ediciones del año 2021 y 2022. También publicó en el 2023 El Diccionario de palabras y frases de los nativos digitales (Ciudad Gótica), y 7 escenas de lectura o cómo bajarse a mitad de página (Funga). Su último libro llega sobre fin de año del 2025, Zelarayán mi abuelo (ediciones la yunta), razón por la cual realizamos la presente entrevista.
Pablo Aranda en primera persona
-¿Quién es Ricardo Zelarayán?
– A Ricardo Zelarayán podría presentarlo de muchas formas. Según sus propias palabras como “entrerriano de nacimiento y para siempre, salteño-tucumano de tradición y santiagueño de vocación” donde podemos ver que la suya es una ubicación personalísima. Pero si me apurás te contesto que es un autor fundamental para pensar las literaturas de la Argentina. Desde la segunda mitad del siglo XX es el secreto ¡a voces!, de esas literaturas.
-¿Por qué el secreto a voces?
-Una posible respuesta podría girar en torno a tres ideas. Uno: porque formó parte de la antesala de lo que después sería la mítica revista Literal de los años setenta. Hay una foto, igual de mítica, publicada en una edición facsimilar por la Biblioteca Nacional en 2011, donde están Germán García, Osvaldo Lamborghini, Ricardo Zelarayán y Luis Gusmán. Dos: porque Zelarayán es considerado un autor de culto para ciertos escritores y para un nicho reducido de lectores. Tres: porque escribió mucho, perdió mucho más y publicó poco. Aun así con su poema “La Gran Salina”, alcanza.
Personalmente, creo que la obra de Zelarayán es de una importancia decisiva, aunque, aún, no lo lean. Aunque, aún, no lo lean es un autor insoslayable. Como decía mi abuelo “hay cosas maravillosas en la vida, lástima que uno no se entera”. Pero para traerlo más hacia mí, te diré que Ricardo Zelarayán es el escritor que me cambió la vida. Al punto tal que la literatura para mí se llama Zelarayán, ese tipo de obsesión. Mi libro quizá trata sobre verme a mí mismo caminando por ese nombre. Y en cuanto a tu pregunta, le sumo esta otra “¿conoce usted a RZ?”. No para responderla, sino para dejarla ahí colgada en el intento de presentación, solo porque me gusta imaginar que la palabra Zelarayán es un anzuelo.
-¿Cuándo nace la dialéctica del diálogo con el autor?
-Para mí leer es entrar en eso que vos llamás “dialéctica del diálogo”. Siempre trato de hablar con los autores. No sé y no quiero hacer otra cosa. Por ejemplo, el otro día leía que para Emilio Sánchez Ortiz a la obra de Néstor Sánchez hay que merecerla y que para Hugo Savino a la obra de Jack Kerouac hay que merecerla. En esa cadena, yo agrego que a la obra de Ricardo Zelarayán, también, hay que merecerla. Así leer/escribir es una oportunidad todo el tiempo. Leer no solo para dejarse hablar, sino para hablarlos. En este sentido, para mí leer es retomar una conversación sin fin y no pierdo, nunca pierdo, el entusiasmo de poder meter ahí una frase.
-Laura Estrin afirma en la contratapa que “mientras se lee Zelarayán, se escribe”. ¿Qué pensás de eso?
-Zelarayán es, como dice Laura, de esos autores que no tienen retorno. Pienso que ir hacia él es no volver a leer igual, no aceptar una escritura ortopédica. Se lee Zelarayán y no hay más remedio, se escribe; se lee Zelarayán y la escritura se abre, no queda otra ¡dale que va! Frente a esa cantidad aplastante de escritores pedagogos de su propia escritura o del escritor-no-lector, figura rara de estos tiempos, Zelarayán le da al lector, aire, le da lo que él nunca tuvo, espacio. Me gustan estos autores como Zelarayán, los que llegan tarde, los caídos del catre, no, mejor los que se caen de la biblioteca.
-¿Cómo definís tu obra?
-No sé qué cosa es mi libro. Pero sé lo que no es. No es una biografía. No es una autobiografía. Ni mucho menos, un ensayo. Es la escritura de lo que la lectura constante de Zelarayán me devolvió. El efecto de haberlo escuchado. Yo digo, para reafirmar esa constante, que a Zelarayán no lo leí, lo estoy leyendo.
Algunos han dicho que es un relato. Otros que Zelarayán mi abuelo es mi mitología personal, mi mito propio y me gusta pensarlo así, propio, sí, no uno reedificado. Es más, desde mi primer libro, Charla de pájaros, descubrí que escribo, como dice Milita Molina, para escribir.
-¿Qué autores te influenciaron en la escritura?
-Suelo decir, apelando a una anécdota de mi abuelo, que la lectura mancha. Así que todos los autores que alguna vez leí, los que dejé de leer, los que aún no llegué y los que no pienso nunca dejar, también. Sobre esa mancha está escrito este libro. Indefectible y principalmente sobre mi abuelo y Zelarayán que no son dos, sino uno. Con la escritura de este libro estoy en lo que llamo, en palabras de Shklovski, mi tercera fábrica: una educación, una preparación, una guerra.
-¿Cuál fue el último libro que leíste?
-No sé si es el último, pero sí fue el que más me afectó. Hablo de Jack Kerouac en el bosque de Arden de Hugo Savino, una obra increíble. Admiro cómo Savino trabaja el lenguaje: hace frases, va poniendo bloques, ladrillitos sintácticos sobre la página. Además, me siento profundamente convocado por su «política del rechazo».
-¿Qué estás leyendo en la actualidad?
-Siempre trato de ir hacia los libros de los autores que aparecen en una conversación. Hago este ejercicio: pesco un nombre, un título y me lo guardo, después cuando estoy solo en mi casa busco y leo. Con el tiempo descubrí que ese fue, desde el principio, mi método de lectura. Luego, en cuanto tenga una oportunidad, sé que volveré sobre la conversación aquella.
Pero para responder más directamente a tu pregunta, en estos momentos estoy releyendo autores rusos. Estoy paseando, por nombrar algunos, por Dostoievski, Pushkin, Mandelstam, Tarkovski, Tsvietáieva y Dovlátov.
-¿Cuáles son tus próximos proyectos literarios?
-Con Zelarayán mi abuelo comienzo la publicación de la serie RZ. En eso se juegan mis próximos movimientos.
Fragmento de Zelarayán mi abuelo
Vuelvo sobre el asunto. Me digo que aparece la voz de mi abuelo cuando leo a Zelarayán. Leo a orejazos los libros que ha escrito, los dispongo sobre el piso de la casa. Los miro, los pateo, los giro, los toco con las manos sucias. Aguzo la escucha. El verdadero corazón es el oído, me recuerdo. Busco a mi abuelo, pero escribo sobre RZ. ¿Cómo se construye una memoria? Los pongo a los dos de perfil hacia mí, pero de frente hacia ellos. La nariz, ya de por sí gigante, les crece hasta que, ¡zas! se tocan.
Parece que empiezo por mí y no paro, ¿por qué? porque no sé, abro la boca y me dejo llevar. Meto la mano en la boca y tiro la lengua que se resiste a salir. En esa, me digo que até a RZ con mi abuelo materno desde lo oral, porque con ocho o nueve años me sentaba en uno de esos sillones a tiras que estaban en el patio de su casa y me disponía a escucharlo, seducido por las palabras y frases que salían de su boca. Mi abuelo contaba historias de la Pulguita Renga o cantaba de principio a fin el Martín Fierro, el Santos Vega, el Fausto criollo y otros. Las horas se me pasaban escuchándolo. Yo, el convidado, sentado ahí, con las canillas flacas, el pelo lacio cayendo sobre mis ojos miopes, soplándome, cada tanto, el flequillo, absorto, es decir, agarrado por esa voz. No sabía, en ese momento, que se trataba de libros y me llevó varios años descubrirlo.
De tanto que lo canto creo que lo escribí yo, respondía mi abuelo cuando le preguntaba, con insistencia de dónde venía eso. Alguna vez me dijo que cuando era chico leía por las noches con una lámpara a querosén, que al otro día se levantaba con la nariz toda pintada de negro y así andaba, con la cara manchada, el resto de la jornada. El ojo, la lectura, mancha. Lo que despertaba realmente mi curiosidad era que nunca había visto un libro en su casa. Nunca supe cómo era esa memoria, esa biblioteca, o cuándo y dónde la lectura que en ese momento me compartía se dio por primera y, quizás, única vez.
Fuente: https://www.miradorprovincial.com/2026/01/20/ricardo-zelarayan-el-anzuelo/
Autores de Concordia