Ireneo

Estábamos saliendo del bar. Nos habíamos quedado de larga sobremesa y eran casi las seis de la tarde. En noviembre, más cerca del verano, esa gloriosa hora de calorcito y la luz primaveral sostenida nos puso más alegres de lo que ya estábamos, y por si fuera poco nos habíamos encontrado casi todos después de años de promesas incumplidas.

            En realidad, no era otro asunto que la reunión de egresados de la secundaria. Sacando cuentas, habían pasado veintisiete años. Como es de imaginar, la patéticas anécdotas nos esperaban también a nosotros, y si no fuera porque llegué predispuesto a todo ese desfile de tonterías adolescentes que se repiten una y otra vez, entre risotadas y alcohol, me hubiera ido a la primera hora, un poco después de los saludos de rigor y de comprobar cuánto pelo nos faltaba a cada uno, amén de la presencia estelar de las canas y los voluminosos abdómenes. Me ayudó tal vez el hecho de ya no vivir en la misma ciudad y saber que no iba a cruzármelos por un largo tiempo.

            Salí abrazado con Raúl, haciéndome el borracho —apenas había tomado un par de vasos  de cerveza— cuando de pronto di de cara en la vereda con ese rostro impávido que surgió de la bruma de mi infancia.

            —¡Ireneo!—dije, sin dudar del rigor de mi memoria.

            Se sonrió torcido, como siempre, y se levantó el birrete en señal de cortesía.

            —Larri…

            Estaba muy cambiado, pero tal vez fuera el uniforme. Lo miré con atención y con cierta extrañeza, aunque no sé cuáles eran exactamente las cosas que me sorprendían. Lo solté a Raúl y le hice señas para que siguiera. La joda se prolongaba más tarde en la casa de otro: ya los alcanzaría.

            —Tanto tiempo, che. ¿Qué sos, gendarme?— le dije, tocándole con el índice la camisa gruesa. Supe ahí mismo que no lo era, pero lo quise poner a prueba, un poco tomándole el pelo.

            —Prefectura. ¿Y vos, en qué andás?

            —Estábamos festejando con los compinches acá de la secundaria— contesté, sin dejar de observarlo y recuperar sus rasgos a pesar de los más de treinta años sin cruzarnos—. Caray, tanto tiempo. Al final, ¿qué pasó con vos? Te busqué muchas veces en la casa. Ahí, en calle Colón, acá cerca…

            —Ufff, es largo —dijo, mirando para otro lado—. Ya pasó. Bah, pasó pero no pasó…

            —¿Pero qué cosa ya pasó? Me acuerdo de tu abuela y del patio de las verduras ¿Los viste a tus padres después? ¿A dónde te fuiste?

            —Me salvé de pedo, Larri. Hubo un traidor, un botonazo. No sé si te acordás de la situación. Nos salvaron a mí y a mi abuela, de pedo, pero tuvimos que rajar, y mis padres, bueno…. A mi viejo lo boletearon en Asunción. De mamá no supe más nada, nunca. Estoy investigando. Mi abuela falleció, hace años ya…

            Me lo quedé mirando. Había dado un salto de tiempo con él en ese mismo instante y se me vino toda la historia encima.

            Se rascó la barbilla y entonces le miré las manos y las uñas, limpias y cortas, como un gesto automático en mí de observarlas y que ahora se repetía, intacto.

            —¿Y entonces..?

            —Y entonces nada. ¿Pero sabés una cosa, Larri? Ahora soy otro… —dijo, y acercó un poco más la cabeza, susurrándome—. Es cuestión de tiempo nomá… así es…

            Lo miré a los ojos, y percibí con claridad un odio sereno pero antiguo que proyectaba su mirada. Esa afirmación tenía la forma aquella que yo recordaba; la de hacer todo con calma pero con cuidada presencia, como cuando nos conocimos, cuando apenas teníamos nueve años.

            —Si no pude con los puños, podré de otra forma —agregó, sonriente. Y sin dejarme reaccionar me palmó el hombro con su mano pesada.

            —Chau Larri, se me hace tarde. Cuidate…

            —Me alegro de verte. Vos también…

            Le iba a gritar lo mismo, pero entendí que era absurdo. La distancia que habían impuesto esas baldosas sobre las que ya se alejaba era como la de los años de la galería y su patio en mis ojos. La de sus almácigos y sus zafados dibujos, y la más extraña de todas: la de aquella repentina ausencia inexplicable.

  

 

No sé por qué esa tarde se me dio por preguntarle. Se las había observado muchas veces, por lo que es evidente que algo me había incomodado y lo tenía en la cabeza.

            —Tenés la uñas mugrientas —le dije, mirándolas como si me hubieran hipnotizado. Eran largas, como las de un guitarrista, aunque desparejas y repletas de tierra oscura en el borde saliente.

            Estábamos copiando algo del pizarrón.

            Me devolvió una mirada fría y algo ofendida. Pensé que no iba a hablar, pero arremetió.

            —Yo trabajo, Larrichio.

            Desde que nos conocimos, al principio del año, me llamaba por mi apellido, y nunca dejó de hacerlo. Más adelante me dedicó un Larri, un poco más cercano, como de confianza, pero nada más.

            —Mi papá también trabaja, y tiene las uñas limpias —le contesté con total seguridad y casi retándolo.

 

No recuerdo cómo caímos en el mismo banco de cuarto grado, pero esa observación odiosa de la mugre de sus uñas era solo una parte de la grieta entre los dos que a mí me costaba comprender, aunque era obvio que esa distancia también constituía el motivo real de nuestra unión inseparable. Nada menos parecido a mi corrección verbal que su lenguaje enrevesado —me había contado que era hijo de paraguayos—, además de su guardapolvo casi siempre sucio, salvo los lunes y a veces tampoco, y lo más llamativo de todo: sus dibujos de parejas copulando.

            Me las mostraba abriendo un cuaderno que sacaba con sigilo de la valija, pispeando a los costados para cerciorarse de la intimidad. Yo jamás había visto nada parecido y me resultaba muy extraño, como un experimento. Una pareja de pie, unidos por una cosa en el medio que salía desde el hombre y llegaba hasta la mujer, —o al revés, tampoco estaba claro—, y de un grosor muy poco anatómico, como imposible. Eran figurines bien pintados con lápices y marcadores de colores, y aunque no podían compararse con los dibujos de Manolo —que podía sacar al hombre araña con toda precisión, con sus abdominales marcados y los brazos en posición de ataque—, los de Irineo eran sólo descriptivos; parecían piezas sacadas de un juego de encastre y llevadas al lápiz. Entonces, una vez que yo las observaba con rareza, me guiñaba un ojo. A los nueve años, esas cosas del sexo empezaban a revolotearle el cerebro, mientras yo todavía estaba lejos en ese aspecto, como en tantas otras cosas.

            La maestra lo trataba con distancia aséptica, como si por momentos le molestara que fuera como era. Él tampoco se congraciaba con nadie pero no por otra causa que su cortedad, su torpeza inevitable, su rusticidad a flor de piel.

            Zafaba como podía de los contenidos escolares y más de una vez yo le salvaba las papas en lengua porque le costaba horrores. La letra se le iba para todos lados y atravesaba los renglones de modo anárquico, sin orden ni dibujo previsible, como cuando uno empieza el primer grado, el cuaderno es el universo y garabatea hasta en los márgenes. Pintaba todo, eso sí, y su pasión por la fibras gruesas lo llevaba a traspasar las hojas con tintas imposibles de manejar. Eran mares de colores aquí y allá que se le escurrían como brotes rebeldes en un cantero de flores blancas. Su ímpetu terminaba siempre tratando de borrar los manchones, y lo único que lograba eran agujeros que dejaban a su cuaderno barato como tiroteado por balines.

            En el bolsillo derecho del guardapolvo solía llevar tantas bolitas que simulaban un ramo enorme de uvas sonoras. Durante el recreo las repartía y daba lección a todos de un manejo sutil de las tingadas, tomando distancias grandes y no errando jamás cuando apuntaba. Hacíamos un hoyo buscando la tierra entre las baldosas, y aunque la campana de Juana nos rompía los tímpanos para volver al aula, nos demorábamos en las mediciones y las tiradas imposibles. En ese reino, Irineo era un verdadero líder, y de vez en cuando, también en el de las trompadas.

            Justamente en ese terreno de las disputas, una tarde de noviembre, fue cuando noté con nerviosismo su ausencia.

            Un morocho llamado Julián, repetidor y grandote, me sentenció a la salida por algo que supuestamente yo le había infligido; una ofensa.  En realidad se trataba de mis reacciones tímidas a las consabidas cargadas por mi acento porteño. Hacia el final de la tarde, reparé que no tendría quién me pudiera defender. Irineo solía mediar entre los dos y dejar a Julián en neutro, argumentándole con cierta diplomacia que yo era bueno pero torpe, como todos los de Buenos Aires, y que no valía la pena ponerle la mano encima a un desgarbado buen alumno que la maestra respetaba. Pero Ireneo hacía casi una semana que no aparecía por la escuela, y en ese momento se me hizo patente el desamparo.

La última hora de clase me produjo el castigo mental de ojear para todos lados buscando en la mirada de los demás vaya a saber qué respuesta escondida, o bien mirando sin mirar el pizarrón negro para tratar de pensar una estrategia. No se me ocurría ninguna. Los puños eran impensados de usar contra el grandote, eso ya lo había descartado. ¿Entonces?

            Formamos bajo el sol, como siempre, escuchando ese horror repetido de la marcha de San Lorenzo que llegaba desde el parlante agujereado del pasillo. Cuando nos tocó salir y bajamos el último escalón rumbo a la vereda, tomé hacia la izquierda y seguí mi marcha, disimulando y tratando de mezclarme en el tumulto. Apenas había hecho veinte metros, sentí que me tocaban el hombro, y cuando me di vuelta y vi a Julián con cara sonriente —ya disfrutando de un muñeco para maltratar sin esfuerzo— saqué rápido del portafolio la regla larga de madera y se la partí en el medio de la cabeza.

            Supongo que fue la sorpresa y no el golpe lo que lo hizo lagrimear y buscar a la maestra que iba conversando y se alejaba por la otra vereda. No puedo saber lo que ocurrió después, pero recuerdo que salí corriendo a toda velocidad y busqué la parada del colectivo, como a cuatro cuadras, tratando en lo posible de mirar hacia atrás mientras me flameaba el guardapolvo desabotonado. Crucé peligrosamente las calles rozando autos y llegué sin aliento a la esquina. Al parecer, todo estaba en orden, salvo mi ropa transpirada, pero no me había seguido nadie. En ese momento me di cuenta de algo revelador: estaba a tan solo media cuadra de la casa de Ireneo, sobre la calle Colón, a pocos metros de la central telefónica.

            Yo sólo sabía que vivía allí, pero jamás había entrado a su hogar. El frente tenía dos puertas de madera de las viejas, muy altas, con la aldaba oxidada y las paredes laterales descascaradas. Allí se despedía él casi todas las tardes en que yo lo acompañaba, y era como si en un segundo lo deglutiera un túnel fantasma; allí terminaba nuestra amistad hasta el otro día sin que mediara la posibilidad de que yo espiara su vida cotidiana. Lo único que sabía era que sus padres vivían en Paraguay y que a él lo criaba su abuela.

Dudé. Esperé unos minutos, crucé la calle y golpeé con fuerza la madera del frente. La puerta se abrió y una anciana de delantal me miró con el ceño fruncido. “¿Ireneo?”, pregunté, con la voz un poco agitada.

            Con cara de pocos amigos, la abuela lo llamó con un grito y enseguida mi compañero asomó la cabeza por detrás del hombro de ella.

            —Julián me quería trompear —le lancé sin decirle hola ni dejarlo hablar. La abuela no se inmutó por mis palabras y desapareció de la escena.

            —Cagón —dijo Ireneo. Sonrió sin mostrar los dientes y me invitó a pasar, cosa que yo no esperaba. Recién entonces pude verlo bien. Estaba descalzo, vestido con una malla verde gastada y una remera sucia, y las manos completamente embadurnadas de tierra. Caminó por el pasillo sin decirme nada mientras lo seguía. Y en ese patio del medio de un caserón un poco en ruinas, delimitado de un lado por la estrecha galería de piso de ladrillos, estaba el mundo de Ireneo, aquel universo natural de uñas renegridas.

Sobre un costado aparecían varias hileras de almácigos con hojas verdes que yo apenas podía identificar; algunas lechugas, acelgas tal vez. Más allá los tomates guiados en varas de madera, con una cintita atada a los tallos, y algunos zapallos todavía pequeños en el piso con matas de pasto alrededor. Había otras hojas y tallos que yo no podía adivinar a qué pertenecían: tal vez cebollas, morrones. 

En silencio se agachó y de un cajón grande sacó tierra y empezó a partir terrones húmedos con las manos, como si acariciara las barbas de un perrito mimoso. Sus dedos diestros hacían todo con extraordinario cuidado, con esa destreza de alguien que está en su oficio. Bordeaba los tallos con la tierra nueva, la comprimía y dejaba las hileras prolijas con el montículo armado. Después, con una latita de tomates oxidada, regaba apenas los contornos.

            Un poco más allá apenas asomaban del suelo unas hojitas minúsculas, muy igualitas, como si fueran las hijas pequeñas de las otras. Parecían custodiadas por las miradas de las mayores, intimidadas y calladitas. Mientras le observaba las manos pensé otra vez en las uñas, tan distintas a las de mi padre, comprobando asombrado que este amigo de tan solo nueve años todo lo hacía sin herramientas más que sus brazos y su torso agachado, tomando la forma que la tarea le exigía. Era una hormiga labradora, ágil y dispuesta de una energía lenta y segura que a mí me dejaba mudo.  

            Desde la cocina llegaba suave el ruido de la radio. La reconocí enseguida: la ZP 5 de Encarnación, con sus locutores fervorosos por las publicidades. Entonces, quizás por ese anhelo de congraciarme o de romper el hielo, y con las arpas de fondo que llegaban tenues, le repetí en mi mal guaraní la canción que él me había enseñado: “Acribí deve una carta, jan de ne re contestái, rere coi otro amante, chejegüi enderesarái…”   

Se sonrió otra vez. “Adiós lucerito alba, adiós lucero coraaaa”, entonó, muy afinado.

            —Te va saliendo maomeno —me dijo, sobrio.

            —Hace rato que no vas a la escuela —le lancé, cambiando de tema.

            —Toy atrasado, Larri. Todo le estoy haciendo ahora que no llueve,  y me falta el otro lado, pue…

            —Te puedo pasar los deberes —le dije, apresurado, pero siguió en lo suyo como si no me hubiera escuchado.

            —¿Qué pasó, Larri? Con Julián…

            —Siempre lo mismo ése. Se provalece. Pero le rompí una regla en la cabeza.

            Al escuchar, se le aquietaron las manos y levantó la cabeza. La cara se le puso un poco tensa y sus ojos me miraron grandes.

            —¿Una regla? ¿Y los puños, para qué tenés los puños...?

            —Pss… me iba a surtir.

            —¿Cómo sabés que te iba a surtir si no probás? Y si te surte, te surte. No podés ser tan cagón…

            Estaba decepcionado, y eso me sorprendió porque me dio la pauta de que no me conocía del todo, o bien se había ilusionado con la idea de que yo podía llegar a ser como él.

            —¿Por qué no llamas la próxima a tu mamita...? —me retó, con sorna.

            —Vos de envidia, porque no tenés mamá —le respondí, devolviéndole el tono.

            A los nueve años uno puede decir cualquier cosa sin medir el dolor. Lo que le dije lo había escupido sin pensar en el efecto sobre él, ni siquiera imaginándome esa ausencia que acababa de pronunciar. ¿Qué sabía yo de ausencias? A lo sumo extrañar un poco a mis abuelos, y eso era todo. Pero no se enojó, o por lo menos no lo pude notar.

            —Tengo, ¿qué te crees vos? Ahora parece que anda por Buenos Aires…

            —¿Y por qué no viene?

            —Por Stroessner —me respondió, cortante.

            Esa palabra, dicha como al pasar, era un nombre, un nombre conocido, al parecer.      Se lo escuchaba en la radio, y en alguna conversación familiar o del barrio. Pero porqué ese nombre era el que le impedía a mi amigo tener madre, era algo que mi cabeza no captaba.

            Insistió.

            —Hay que defenderse con las manos.

            —¿Quién es el stroes ése...?  

            —El presidente del Paraguay.

            —¿Y qué tiene que ver...?

            —La cosa es fea, chamigo. La persiguen a mi mamá. Mi papá parece que fue preso, allá en Asunción.

            —¿El presidente los persigue? Ya da ya…

            —No entendés nada, vos. La policía, ¿mirá si va a ser el presidente?

            —Y bueno. Hay que defenderse con los puños, ¿o no?

            La frase, tan ingenua como desafortunada, le sirvió para ignorarla y cambiar de actividad. Ni siquiera me contestó. Simplemente se levantó y buscó de la galería una palangana llena de mandarinas. Se sentó sobre una lata grande invertida y empezó a pelarlas de a una. Después escupía con fuerza las semillas hacia un montículo, más atrás de los almácigos. Me quiso convidar, pero yo no quería mandarinas a esa hora. El olor agridulce subió, impregnando el aire, y el sol oblicuo sobre esa galería me llenaron de una alegría tibia, contenida. Al mismo tiempo pensaba con cierta tristeza que yo no podría llevarlo a mi casa a mostrarle nada: sabía que su abuela no lo dejaba salir. Además: ¿qué podría ver en mi casa que a él le interesara? Este mundo que acababa de revelarme era otro mundo; el mundo hasta hoy desconocido de un niño que parecía más adulto que mi propio padre. A su vez, su padre era un preso en un lugar lejano, y su madre algo así como una desertora que tenía un hijo trabajando esta tierra a miles de kilómetros de ella, apenas luchando con la lengua y las matemáticas, apenas aguantando a una anciana bruta y jugando a las bolitas como si nada sucediera, como si todo fuera lógico o apenas normal. 

 

Queridos abuelos:

Espero se encuentren bien, encontrándome yo del mismo modo. Ayer estuve en la casa de un amigo de la escuela que vive solo con su abuela. Me contó que su papá está preso en Paraguay. Seguro que hizo algo feo, porque para ir a la cárcel supongo que hay que hacer cosas malas. Allá hay un presidente que me dijo el nombre pero ahora no me acuerdo, y no sé por qué la mamá de mi amigo no viene a verlo por ese señor, dice. Yo no entendí. ¿Será como Perón, que no lo quieren muchos de mis amigos de la escuela? La maestra los hizo callar cuando murió y algunos festejaron riéndose y golpeando el banco con el puño.  Vos abuela tampoco lo querías a Perón, ¿no es cierto? (Acá me dice mamá que no escriba más de esas cosas…)

Bueno, mi amigo trabaja con plantas de verduras. En su patio tiene huerta (así me dijo papi que se llama) y su abuela lo hace trabajar todo el día, por eso no tiene buenas notas en nada y se confunde todo. A mí me parece bueno que haga eso pero si después se lava las manos, porque le quedan roñosas y va a la escuela así como está y deja todo el cuaderno sucio. Y a veces también se limpia los dientes con la uña de un dedo, como hace papá con el escarbadientes. Pero es muy buen amigo y yo lo quiero invitar un día a casa, pero la abuela no lo deja.

Ah, le pedí a papi que me ayude a hacer el cartin a rulemanes, pero todavía no tengo esos rulemanes que vos abuelo me dijiste que me ibas a mandar. Mamá dice que el paquete va a llegar la otra semana. Quiero ya cortar la madera y los palos para los ejes y papá no me deja agarrar el serrucho grande porque dice que me voy a cortar. Pero ese amigo capaz que sabe hacer eso porque él sabe todo pero no puede venir y yo no puedo llevarle las maderas.

Bueno. Después les escribo de vuelta.

Un beso y un abrazo para los dos.

            Mamá supervisaba las cartas y hasta me dictaba pedazos enteros, sobre todo los encabezamientos y los cierres. Me sentaba horas todas las semanas y me ponía una goma al lado porque sabía que me equivocaba cada dos palabras y las hojas se tornaban mapas de borrones por todos lados. Era absurdo y terrible, porque al final yo odiaba esas cartas y de paso a mis abuelos también, que estaban tan lejos que me hacían perder tiempo de juego para pelearme con las oraciones. Además, nunca sabía por dónde empezar ni qué contar, por eso las hacía a lápiz y después pasaba todo en limpio con una lapicera.

            Mamá me hacía recordar actividades semanales, tipo agenda, y yo no encontraba el motivo de contarles a mis abuelos esas cosas. Pero de pronto ese día me apareció Ireneo en el recuento semanal, y empecé a escribir con cierta soltura.

            Lo que más recordaba eran sus manos, esas formas delicadas y blandas de sus dedos para tratar la tierra; esa pericia de agarrar el acerito y partir las bolitas por la mitad con la fuerza de su disparo. Yo quería para mí esas uñas tanto como me impresionaban o desagradaban; esas carnes callosas de sus palmas y esa seguridad para afrontar el peligro que encontraba en sus puños la verdadera razón, el sustento de su coraje. O quería hablar de mis padres así como él se refería a los de él, con cierta distancia, como yo con mis abuelos a quienes no veía más que en el verano.

            ¿Vería él a sus padres algún verano o para Navidad? ¿Qué haría los tres meses sin clases, lo mismo de siempre? A lo mejor no tener padres que te obliguen a bañarte era mejor.

            Les conté a mis abuelos en otra carta muchas cosas de él sin entrar en detalles, pero supongo que se daban cuenta de mi admiración y mi necesidad de parecerme en algo, alguna cosa que me ofreciera menos desamparo que el que tenía todos los días en esa escuela y en el barrio. Es que solamente jugando en casa a mis autos, a mis partidos de fútbol en la mesa con dados o bolitas, o dibujando historias policiales o de guerra, en fin, con alguna de aquellas cosas era posible cierta seguridad; podía sentirme algo feliz sin darme cuenta de los días y de los miedos que me aprisionaban.

            A la semana siguiente, Ireneo apareció un solo día por la escuela y no tenía ni idea de lo que hacíamos en clase. Estaba perdido, pero perdido un poco más que siempre: desconectado, y también más hostil y un poco distante hasta conmigo. Apenas si hablamos durante las horas de clase y no quiso ninguna tarde que lo acompañara a su casa.

            Le obedecí. Pero después de dos días así, volvió a faltar una semana entera, entonces decidí pasar otra vez a golpear su puerta. Toqué varias veces y no atendió nadie. Pensé en quedarme a esperar a que alguien llegara, pero cada vez que perdía el colectivo de las 6, tenía un plantón grande hasta que llegara el otro y mamá se preocupaba.

            Al día siguiente, alguien lo nombró en el aula. Era extraño, Ireneo no gozaba de atención entre mis compañeros, salvo Julián el grandote, que extrañamente había dejado en suspenso el asunto nuestro porque la maestra nos había obligado a hacer las paces.

            Entonces, ella dijo:

            —No viene más….

            La frase me parecía imposible. Nadie jamás había dejado la escuela así porque sí, que yo supiera, al menos. Me salió la pregunta inmediatamente.

            —¿No viene más?— dije fuerte desde el banco de atrás.

            —No— contestó, seca. Y siguió con los números de las divisiones.

            Había sido tan cortante y parecía tan poco interesada en el asunto, que obvié preguntarle otra vez y sobre los motivos. A la salida fui directo a la casa de puertas altas. Golpee varias veces y fue lo mismo que la anterior: silencio. Ya me iba, pero observé un detalle que se me había pasado. Tal vez podría espiar hacia adentro bajando la pestaña del buzón de las cartas. Estaba dura por el óxido, con evidente desuso, pero cedió a la fuerza de mi dedo pulgar hasta que dejó una rendija suficiente para ver. Al mirar, observé el patio allá atrás, con un alto de plantas que no parecían verduras, sino yuyos. Quedé abrumado, sin entender. Miré de vuelta, tratando de captar más pero el espacio era pequeño y no mostraba otra cosa que aquellos tallos altos más bien incoloros y un pedazo de la galería con los cajones apilados.

            Corrí a la parada y al ratito me subí al colectivo.

            No dije nada en casa sobre lo que había visto, y nadie preguntó tampoco sobre mi  tardanza. Mis comentarios sobre Ireneo Rojas eran habituales; cada tanto yo lo ponía como ejemplo de alguna cosa, generalmente buena. Apenas terminé de comer, agarré el cuaderno de dibujar historietas.

            Mi última creación era Comando 210, un grupo de soldados aliados que emulaban a los de Garrison, la serie preferida que mirábamos con mis amigos los jueves de tarde. Siempre me habían costado los dibujos y muchas veces copiaba de las revistas por mi impericia para resolver cuestiones anatómicas de los personajes.

            Esta vez me atravesó, repentinamente, un rayo de desidia o de fastidio, de amarga incredulidad. No era posible darle vida a esos tipos que necesitaban valor en las acciones, de inteligencia en las celadas. No comprendía, naturalmente, qué podía sucederme. Recordaba las poses del hombre y de la mujer en los dibujos de Ireneo. El sexo del que había escuchado hablar entre los amigos de mi hermano sin darle alcance todavía a ninguna sensación, como algo oblicuo que no entraba en estos renglones pero que ahora daba la idea de querer irrumpir por alguna parte. ¿Quién era yo en este momento? ¿El niño amigo cagón o el aspirante a ese Ireneo imposible, ése a quien no podía encontrar ni en la escuela ni en su casa y que me había dejado huérfano en plena carrera al crecimiento? Yo quería dibujar como él —aunque en mi casa no habría podido hacer esos cuerpos con mamá pasando por detrás—; tener sus manos para defenderme y acariciar la tierra a su manera, pero solo podía escribir algunas pavadas para repartir en los globos de mis historietas y dibujar mal toda esta mentira en aventuras que ahora se negaban a tener vida, como si de repente todos los personajes y las palabras se hubieran muerto en mis manos.

            Tiré el bendito cuaderno sobre la mesa de luz y me dormí enseguida, aunque abrumado por un desengaño que no entendía.

 

 

Pasé una noche horrible, tal vez por el alcohol. Vengo diciendo todos los años que no quiero volver a esas reuniones, pero algo me vuelve a atrapar. Creo que ésta fue la definitiva, después de aquella primera de la que ya perdí la cuenta. Si no me volví a negar fue porque conmemorábamos número redondo.

            Ahora estamos más patéticos.

            Tomé unos mates, me di un baño caliente y salí para la visita.  En todo el trayecto (en realidad, desde el mismo momento en que puse un pie en el piso al bajar de la cama), pensé y repensé en cómo habían sucedido las cosas, y si esa fama que alcanzaba a los gendarmes y prefectos obraba casi como una fatalidad, una trampa ineludible. De chico había conocido a padres de algunos amigos que pertenecían a una u otra fuerza, y eran invariablemente alcohólicos y violentos. ¿Ireneo había quedado atrapado en esa red? No parecía tan simple, y todavía sostengo que esa lógica amañada esta vez se parece más a un hecho de justicia, aunque a él ese acto lo obligue a purgar vaya a saber qué cantidad de horrores, de aquí en más. Quizás él, con ese espíritu que siempre tuvo, lo sobrelleve mejor que otros. No lo sé, y quizás esta frase sea la más ridícula y abominable que haya escrito hasta aquí.

 

—Estoy un poco nervioso, pero bien—dijo, apenas me senté y sin que me diera tiempo a preguntarle nada. —Así es, Larry…

            —¿Y ahora..?

            —Ahora hay que aguantar nomá, y que pase el tiempo. Pero tengo comida gratis, y no tengo que trabajar…

            —El tiempo…— repetí, como si yo supiera lo que le estaba diciendo. Como si él y yo compartiéramos un espacio tiempo equiparable.

            Él inauguraba un largo y tal vez perpetuo periodo de rejas y soledades peores que las que ya conocía. O, al menos, esa era mi visión y mi sensación “natural” al momento de enfrentarme a sus ojos, a sus manos tan distintas y tan iguales a mi recuerdo. Pero tal vez no, y espero que esto se entienda; quizás alguna paz, alguna forma de exorcismo y redención había detrás de esas balas disparadas por su decisión, y que representaban a tantos y tantos paraguayos que huían en nuestras calles, ya sea de las armas, de la ignominia y la traición, de la explotación o la pobreza.

            Ya me iba, y estaba seguro esta vez de no volver. Ya no lo soportaría, y tampoco estaba claro su destino ni su juicio definitivo.

            —Escuchá, Larri —dijo, sonriendo—. Junté algunas cosas, unas poquitas, y me las traje. Encontré esto entre mis porquerías. Es para vos, chamigo…

            Sacó de un bolso chico un cuaderno muy arrugado, aplanó las hojas como pudo y me lo extendió. Yo no alcanzaba a entender y hasta me dio miedo ese acto teniendo los ojos de lechuzas de los guardias pegados a nosotros.

            El cuaderno. El zafado cuaderno de infancia con esos dibujos insólitos, con aquellas desnudeces de figurín, con aquellos manchones y con las firmas suyas al pie de las hojas. ¿Por qué darme esto en este instante?

            —Guardameló. Vos sos el artista, el tipo limpio y el buen compañero y ciudadano— recitó, un poco en tono castrense.  

            —¿Me estás jodiendo?

            —No, no. Parece joda, pero no. Es lo que queda de nosotros dos, ¿verdad? Algo tiene que quedar. Lo más seguro es que no nos veamos la jeta nunca más, pue. ¿No es así? Llevalo, llevalo porque nunca me voy a olvidar de tu cara cada vez que yo lo abría.

En ese instante le subió una carcajada que hizo que nos miraran todos y quedáramos ridículos y desnudos, como los dibujos mismos.  

            En el momento exacto en que su mano me daba ese tesoro invaluable, no pude más que mirarle las uñas: cortas, limpias. Después, esas manos juntas me palmearon con suavidad la cara, como en la más valiente de las despedidas que yo recuerde jamás.

            Unas manos —ahora pienso—  que yo nunca tuve, pese a hacer tantos y tantos esfuerzos para atrapar algo que se pareciese a la dignidad.  A esa violenta y triste dignidad como de tierra y uñas renegridas que llevaban un cuerpo llamado Ireneo.