RELATO DE 'ENTRE LO ETERNO Y LO EFÍMERO'

“Entre lo Eterno y lo efímero. Relatos a través del tiempo y el lugar” es un libro donde, como su título dice, una serie de relatos narran escenas o historias que van sucediendo en esa increíble contradicción del tiempo: aquello que siendo tan efímero en cuanto a la duración, queda eternamente grabado en nuestras memorias.

El segundo relato había sido presentado en el concurso de la Biblioteca Popular “Carlos Mastronardi”, de Gualeguay, en 2018, con el cual obtuve el 1° premio. Lo comparto aquí completo.

 

DEL NÍSPERO Y LAS CALAS

Las noches calurosas de verano sacaba el televisor al patio. Empujaba la mesita de cuatro ruedas poco estables, sacaba cables, conectaba todo lo necesario, se llevaba un sillón de playa y ahí se instalaba a mirar el partido de Boca. Tenía una Quilmes en la heladera así que cada tanto se servía un vaso, para que no se le caliente. Que no fuera a perder el equipo de sus amores porque esa podía ser la última noche de ese vaso y también la del cenicero que se dejaba a mano.

Lo recuerda como si fuera hoy, porque mientras él miraba ese partido ella, con sus cinco o seis años, andaba rondando por ahí, preguntando mil cosas sobre el fútbol, sobre el verano y sobre la cerveza. Recuerda ese patio porque ahí pasó años de su infancia jugando, metiéndose en la Pelopincho con su mamá y su abuela. Esa era su casa, la casa de su abuela. Vivían con ella.

¡Ah, sí… el patio! El patio era de cemento casi en su totalidad. Las plantas que había estaban en macetas o en un rincón de pasto que había hacia el fondo de la casa. Había algunos arbustitos, unas alegrías del hogar y calas. De las calas se acuerda perfectamente porque se divertía cortándoles el centro largo amarillo que tienen. Después la abuela andaba preguntándose porqué aparecían así. En el fondo ella que sabía que era su nieta quien las rompía. Pero nunca la retaba. La abuela era poco demostrativa, pero tenía decenas de gestos de dulzura para con ella: los alfajores de chocolate que le llevaba en aquellas mañanas frías en que la cuidaba mientras sus padres iba a trabajar, el dominó blanco de puntos negros que le prestaba generosamente, el tiempo en el que le enseñaba a jugar cartas o a buscar palabras en un diccionario enciclopédico que atesoraba. Amaban buscar las páginas de las banderas e ir aprendiendo una a una.

Ese patio, además del pedazo de tierra donde crecían las plantas, tenía otro sector “verde” y ahí estaba, ostentando firmeza y vitalidad, el níspero. A la vista de quien iba a la casa por primera vez era algo así como ver al amo y señor de ese patio: alto, frondoso, lleno de sus frutos dulces. Le gustaba comerlos junto a su mamá. Cuando recuerda esas épocas, se pregunta si en verdad era tan alto. Se pregunta también si ese patio era tan grande o si es que su infancia lo grabó así en su memoria.

Pero las noches de verano no le hacen evocar a ese patio, ni a las flores o al níspero. Con los olores de las calas o el sabor de la fruta es suficiente para que su memoria se active en torno a esos recuerdos. Sin embargo, cada noche calurosa, de esas que se viven cuando el verano está cerca, ella vuelvo a verlo sentado a punto de ver el partido por la tele, en el patio. Se vuelve a ver a sí misma, revoloteando cerca de ese sillón, dándole un beso o un  abrazo, sintiendo su barba de un par de días en su pequeña cara, llenándolo de preguntas. Cada nochecita calurosa de esas, siente nostalgia de él, de su viejo.