—Burgueses de mierda —murmura papá.
Siempre lo dice, sobre todo cuando mira televisión, entre sorbo y sorbo de whisky. Es su manera de putear. Con esa frase resume todo el sentimiento de rencor que le rasguña el pecho desde que se fue mamá.
Yo lo escucho desde mi cuarto, mientras estoy frente a la computadora chateando o escuchando música. Oigo las voces de la tele desde el fondo y el tintinear de los cubitos de hielo contra el vidrio. Le gusta meter el dedo en el vaso y hacer girar el líquido para que se vayan disolviendo y así la bebida se aliviane. Está triste, lo sé. Hoy no hace más que cambiar canales y durante una hora sólo se ha levantado una vez de su sillón para ir al baño.
Su mejor amigo se está muriendo. Recibió la noticia esta mañana. Alguien, no sé quién, lo llamó por teléfono a casa y le dijo que Raúl tiene cáncer.
“Terminal”, murmuró papá con el auricular casi resbalándole del oído por la sorpresa y mirando fijo hacia un rincón. Después cortó y se largó a llorar. Yo estaba al lado, desayunando, y por eso no pudo más que contarme.
“Es una enfermedad mala”, me dijo por decir grave, mortal, fulminante. Y después se acordó de cuando ellos dos eran jóvenes, de la facultad y la militancia, de la cárcel durante la dictadura y de la increíble resistencia de Raúl durante las sesiones de tortura.
“Los milicos le decían el Mudo, porque nunca hablaba cuando lo picaneaban”, dijo con una sonrisa triste.
Yo hubiera querido abrazarlo y besarlo que se alegrara, pero no sirvo para consolar a nadie, así que me quedé en silencio tomando la leche.
Raúl se está durmiendo y eso a mí no me pone triste. No digo que me alegre (sobre todo no me pone contenta porque sé del sufrimiento de papá), pero siento como el principio de una gran liberación, una sensación de que de apoco podré volver a respirar tranquila.
—¡Lola! ¿Qué estás haciendo? —grita papá desde el living y se escucha que se sirve más whisky. Le digo que nada, que estoy esperando que Facundo se conecte al Messenger.
—¿No va a venir ese boludo? Tengo ganas de ganarle al ajedrez —intenta reírse. Le digo que no sé, que tal vez se quede en su casa a estudiar, pero, en realidad, lo más probable es que mi novio venga, como lo hace todas las noches desde hace dos años.
Papá lo quiere a Facundo a pesar de que son tan distintos. Los únicos intereses de Facundo son la facultad de Abogacía, el rugby y yo. Las ideas políticas para él no existen y el ajedrez es una manera de compartir algo con papá, pero yo sé que se aburre soberanamente frente al tablero mientras mira las piezas de madera y piensa en cualquier cosa, menos en las jugadas.
Nos conocemos desde chicos y él me lleva tres años, tiene 22. Es alto, rubio y de ojos azules, tan hermoso como aniñado. Tal vez sea esa actitud de adolescente en un cuerpo de hombre lo que lo hace tan atractivo. Tiene manos grandes y movimientos torpes. Cuando caxmina se desplaza como un cowboy y sonríe aunque no haya motivos.
Cuando me dijo que quería ser mi novio tenía la frente mojada y los ojos nerviosos. Estábamos en la quinta, mirando la noche. Había un silencio de campo que sólo se interrumpía por el sonido de los motores de los autos que pasaban por la ruta. Mi papá y sus padres estaban de sobremesa adentro y nosotros habíamos salido para que él pudiera fuma un cigarrillo. Como no encontraba las palabras más eficaces para expresar su amor se reía a cada rato. Yo sabía, obviamente, lo que iba a decirme, pero no quería ayudarlo. Disfrutaba de esa postergación del momento en que yo le respondería que sí y después nos besaríamos. Desde siempre nos considerábamos novios en secreto, aunque ninguno de los dos dijera nada.
—¿Querés ser mi novia? —se animó por fin. Y yo le contesté que sí.
A nadie le sorprendió la noticia, más bien fue la confirmación de que todo en nuestras vidas se desarrollaba como debía.
Facundo y yo somos muy diferentes. Él se esmera en agradar y yo me conformo con que no me miren. Cuando caminamos por la calle o vamos a algún boliche, a él es a quien saludan y hablan mientras yo empequeñezco y me evado, me recluyo en mi silencio, escondida detrás de su imponente presencia. Así, él se siente cómodo, porque ejerce el dominio que más le complace. Pero más a gusto me siento yo, descansando en la indiferencia.
Amo estar adentro. Mi casa es el lugar más placentero del mundo y querría quedarme aquí para siempre.
(Terminal, fragmento)
Autores de Concordia