Admito, o confieso, o más bien declaro, por qué no, que a este libro le tengo un cariño particular. Tuve oportunidad de leer algunas versiones previas de los cuentos que lo conforman, en distintos órdenes y combinaciones. Eso me permitió, por un lado, ser testigo del proceso creativo de López Godoy, y por el otro, seguir de cerca, sin la angustia y la ansiedad de ser el autor, ese recorrido que en presente parece incierto y muchas veces angustiante, un tanteo a ciegas, y que en retrospectiva se revela como un camino directo y a paso firme, aunque sinuoso, hacia el corazón del relato, hacia su particularidad.
Lo que busca todo buen cuento —más bien todo objeto que resulte del quehacer creativo— es hacer algo que no se hizo nunca antes, o, más bien, hacer algo que ya se hizo muchas veces, montones de veces, pero no exactamente así. Esa especificidad puede ser sutil o radical, da igual; lo importante es que el autor encuentre en el texto algo que no esperaba encontrar. Que no podía esperar encontrar, simplemente porque no sabía que ese algo existía de esa forma, con ese sonido y esa articulación, ese ritmo. La escritura, entonces, es en parte accidente; el autor tiene que tropezar con sus propios hallazgos.
La particularidad en común de todos los relatos de Las generaciones impares, eso que no vamos a encontrar en ningún otro lado, y que podríamos tal vez llamar el tono, es justamente eso: un zumbido con una frecuencia muy específica, un ruido sordo que a la vez da cuenta de que ahí, donde a veces podemos descansar en la creencia de que las cosas simplemente suceden, hay una máquina en funcionamiento. Esa máquina está más o menos rota, más o menos desacompasada, pero no se trata de arreglarla, ni de intentar un diagnóstico, ni siquiera de señalar el desperfecto, sino de ensayar formas de mantenerla funcionando.
Con un humor negro que tiende al absurdo, una mirada que puede ser áspera, aunque nunca impiadosa, una prosa depurada y un ritmo apacible e inquietante por igual, que evita los golpes de efecto y los sobresaltos, la piedra con la que López Godoy tropieza una y otra vez es la de la familia. La institución basal por excelencia es el objeto de estudio y el teatro de operaciones de todos los cuentos reunidos en el libro. Si pudiéramos extraer una suerte de tesis, diríamos quizás que lo que tenemos más cerca, lo más íntimo, es a veces lo que menos entendemos, lo más misterioso de todo: los hijos, los padres, la memoria familiar, la herencia, la casa, y todo lo que aprendemos en ese entorno, empezando por la forma de articular el lenguaje y los gestos y por el sentido del humor, que es, entre otras cosas, la distancia desde la que observamos el mundo.
Muchos de los personajes parecen haber sido arrancados de raíz. Se mudan, se mueven, viajan; están en conflicto con su pasado y con su presente y no terminan de reconocerse en las cosas que hicieron o hacen. Todo esto, a su vez, suele quedar disimulado detrás de algún elemento que genera tensión y se lleva la marca: una caldera que no funciona, una tijera en las manos de una niña, un hombre que entra en la casa de extraños y duerme a sus bebés cuando no dejan de llorar. Como todo buen cuentista, López Godoy nos distrae con algún truco mientras cuenta lo importante en segundo plano.
El cuento que da título al libro, por ejemplo, uno de los más misteriosos, inquietantes y representativos del conjunto, sucede en un futuro cercano y empieza refiriendo la distancia generacional entre un hombre y su hijo, para pasar luego a la distancia, aún mayor, entre este hombre y su nieta y terminar finalmente con la distancia insalvable entre este mismo hombre y el mundo en el que vive. Un mundo que ya no entiende y que se ha convertido de forma gradual en una suerte de simulación en la que las cosas que antes servían para algo concreto, ahora no tienen más que una función absolutamente simbólica, por no decir ornamental o ilustrativa. Incluso él, y el personaje lo entiende a la par de los lectores, sea quizás un reemplazo de sí mismo.
Pero, como ya se dijo, las tramas son más bien una excusa, lo importante está siempre en el detalle y López Godoy maneja con gran destreza los pequeños giros, los diálogos y los gestos, los tiempos muertos. Es ahí, en la pausa, donde aparece lo verdaderamente singular y donde esa bruma misteriosa empieza a disiparse, donde creemos por un momento entender algo. Ese instante luminoso, por supuesto, se escurre casi enseguida y seguimos leyendo, ávidos del próximo.
Tomado de: https://panamarevista.com
Autores de Concordia