A 50 años del golpe Walsh: animarse a cruzar el río
Por Martin Pared
Son las 10 de la mañana. Es un día no laborable en la Argentina.Vísperas de feriado nacional por el día de la Memoria. En el centro de Tigre hay menos movimiento que lo habitual para un lunes. Es una mañana un poco fresca y lluviosa. El otoño está en marcha. En pocas horas se estarán cumpliendo 50 años del golpe del ‘76. Tomo la lancha colectiva del “Jilguero" en la Estación Fluvial Domingo Faustino Sarmiento. En pocos minutos, me bajo en el primer muelle sobre el Río Carapachay: La Real. Me encuentro con el primer grupo de personas que llegan también para sumarse a la movida por el Delta. “¡¿Martin?!”, alguien me grita. “¡¿Mariano!?”, le respondo. Es Mariano Speratti, actor e hijo de Horacio Speratti, desaparecido por la dictadura. Mariano está al frente de la organización de esa remada por los 50 años. Me desafía a que por entrerriano tengo que remar bien, me invita a subir en una canoa italiana de madera que le regalaron y la está usando por primera vez.
Partimos por el Carapachay. En el camino se suman más vecinos y vecinas de las islas. El destino no es muy lejos, queremos llegar a Rio Carapachay 459, donde viven hoy Daniel Argüello y Mabel Gómez, y donde vivieron entre 1971 y 1976, Rodolfo Walsh y Lilia Ferreyra. Cuando Mabel y Daniel compraron la casa a principios de la década del ‘90, no tenían idea de que ahí había vivido Walsh. Lo cuenta ella, que tal vez lo haya contado millones de veces a todos los visitantes que llegan a Rio Carapachay 459. Mabel lo narra con un entusiasmo como si fuera la primera vez. “La compramos sin saber que era la casa de Rodolfo y Lilia. Y a los pocos días de haber llegado, la vecina de aquí al lado, Carola, nos dice que ella cree que aquí vivía Rodolfo Walsh. No lo podíamos creer”. Con el mismo brillo de alegría en su voz Daniel dice que fue “una sorpresa mayúscula". “No lo esperábamos ni remotamente, pero apenas tuvimos la noticia, nos dedicamos a ver si eso era cierto y tuvimos dos respuestas inmediatas que fue Rosita que es otra persona que está cinco casas de acá, todavía vive, tiene 96 años y que nos dijo: sí, acá es donde desembarcaron las fuerzas que vinieron a la casa a allanar. Y otra información muy importante fue la de la lancha almacén “Cachito", que le pregunto: ¿usted sabe quién es Walsh. Sí, era cliente mío. ¿Era cliente suyo en esta casa? Por supuesto, dice. Era cliente mío en ese momento. Fijate, Rodolfo estaba con su nombre viviendo en esta casa. Cosa que ya me dio la primera pista para tenerla en cuenta, que Walsh no estaba clandestino acá. Porque el de la lancha almacén sabía que le estaba vendiendo comida a Rodolfo Walsh. Mabel dice que a partir de ahí se pusieron a investigar “cómo había sido el allanamiento”. “Había muchas versiones. Por ejemplo, cuando allanaron, arriba de la lancha colectiva se llevaron todo de acá, no dejaron absolutamente nada. la casa de al lado de Piri Lugones, tiraron todo lo que estaba en la casa lo tiraron al parque. Es decir, este lugar era como medio fantasmagórico, digamos, la gente no quería ni pasar. Pusieron todas las cosas que había en la casa dentro de esas bolsas mortuorias. Así que la gente creía que de aquí habían llevado cadáveres. Por eso era la confusión que había entre todos los vecinos si realmente habían matado aquí a gente o no. Las bolsas mortuorias las usaron para poner las cosas que había en la casa, libros, hasta la ropa de ellos, hasta las camas se llevaron. Lo único que dejaron fueron dos mesitas de luz que las tenemos en el baño de recuerdo. Cuando Lilia vino las reconoció, cuando vino a la casa. Así que ese es el único recuerdo que nos quedó de la casa. Luego otra cosa que hicimos fue conservar las puertas, las ventanas, todo, absolutamente. Solamente cambiamos la puerta de adelante sin saber que era la casa de Wash, porque tenía una rajadura en el medio y resulta que había sido un culatazo. Se la habíamos dado a un isleño y cuando la fuimos a buscar el isleño ya la había reparado y ya se la había puesto, así que perdimos la puerta. Pero bueno, fue lo único, digamos”. Mabel tiene un deseo profundo. “Somos un tránsito nosotros, porque espero que los que nos sigan, sigan con la memoria de la casa, de Rodolfo y de Lilia”. Para Daniel nada es casual, ni que ellos hayan ido a parar a esa casa ni que Walsh también la haya elegido para vivir. El cree que el escritor encuentra una similitud de paisajes con el lugar donde nació, Choele-Choel, en la provincia de Río Negro, zona también de islas y humedales. Mabel cree que Rodolfo “no podía escribir lejos del agua y esta era su tercera casa en la isla. El decía que no podía vivir lejos del agua. Vos fíjate que la casa que se compra en San Vicente está enfrente de la laguna. Y nosotros aprendimos a amar la isla y el río y la tempestad y la sudestada. Vos fíjate que donde estábamos recién en ese quincho, a dos metros cincuenta de altura ya tenemos agua en el quincho. Y a veces llega hasta el borde de la mesa el agua. Pero es algo natural, ¿entendés? Es algo que ya para nosotros es hasta amoroso que suba el agua”.
Rodolfo Walsh y Lilia Ferreyra dejaron su última casa de Tigre en 1976. Se mudan a la casa de San Vicente, en la provincia de Buenos Aires. Rodolfo Walsh es secuestrado por un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada el 25 de marzo de 1977, tras dar a conocer su “Carta Abierta a la Junta Militar”. Antes, los militares habían saqueado su casa en el Delta de Tigre. Luego hacen lo mismo con su casa de San Vicente. Entre las cosas que robaron los militares, está su último cuento, “Juan se iba por el río”. Desde entonces, al igual que los restos del cuerpo de Walsh, el cuento está desaparecido. Hubo dos personas que lo leyeron antes de que se lo llevaran los torturadores. Una es Lilia Ferreyra, quien pudo leerlo cuando Walsh terminó de escribirlo y lo pasó a máquina. El otro es Martin Gras, quien estuvo detenido en la ESMA y pudo encontrar allí el cuento que los marinos se habían robado. Daniel Argüello me cuenta que en este cuento “Walsh hace un panegírico al animémonos. Es un cuento en donde Juan, que es una persona grande, ya está muy grande, está viejo, la leva lo ha llevado cuando era joven a pelear en varias batallas de la independencia, de la guerra contra el Paraguay, etcétera. Y se sienta y mira la costa uruguaya, unas casitas blancas de la que había en la época de la colonia, y dice, me gustaría vivir en esas casitas. Pero él sabe que por la edad que tiene, no tiene dinero, no tiene cómo llegar hasta ahí, así que es un deseo nada más. Pero un día baja el agua, baja, baja, baja, baja el agua y se queda sin agua el río. Y él agarra su caballo viejo también, igual que él, y empieza a andar rumbo a las casitas blancas. Dice, que cuando Juan era un punto en el abismo del final, el viento cambia y el río empieza a crecer. Lilia que está pasando en limpio el cuento, le pregunta a Walsh, ¿pero llegó Juan?. Y él le dice: "no sabemos”.
Tras la visita a la casa que hoy habitan amorosamente Mabel y Daniel y la emotiva remada con los isleños, vuelvo a mi casa con la imagen fija de esa bajante abrupta del gran estuario. Necesito investigar y gugleo en mi compu “bajantes históricas del Río de la Plata”. Doy con el cuento de Manuel Mujica Lainez, “El pastor del río (1792)”, incluido en sus relatos de Misteriosa Buenos Aires (1950). “Hoy, miércoles 30 de mayo, Buenos Aires se asombró desde el amanecer porque allí donde el río extendía siempre su espejo limoso, el río ya no está. El barro se ensancha hasta perderse de vista. Solo en los bajíos ha quedado el reflejo del agua prisionera. Lo demás es un enorme lodazal en el que emergen los bancos. A la distancia serpentea el canal del Paraná, donde se halló el antiguo amarradero de las naves de España, y luego la planicie pantanosa se prolonga hasta el canal del Uruguay y de allí hacia Montevideo. Nadie recuerda un fenómeno semejante. Los muchachos aprovechan para ir a pie hasta el próximo banco de arena. Unas pocas mujeres llegaron a él, a pesar del viento, y anduvieron paseando con unos grandes velos que las ráfagas les trenzaban sobre las cabezas, de modo que parecían unos títeres suspendidos del aire”.
Pero relatos semejantes no son solo patrimonio de la Literatura. Mi amigo Gerardo Ferrer del Dique de Ensenada, amante de la pesca, donde el agua del Río de la Plata baña las islas Santiago y Paulino que dan entrada al puerto, me cuenta sobre los relatos de su padre de una bajante que les permitió llegar hasta la costa uruguaya a caballo. ¿Mito o realidad? Rastreo registros del Servicio Meteorológico y me encuentro con bajantes históricas: 1806, 1810 o 1812, 1920, 1937 y 1984. La de octubre de 1937 es particularmente intensa. Hay fotografías en internet que muestran a personas caminando por el lodo donde ya no hay río, aproximándose a viejas embarcaciones hundidas. El fenómeno lo produce el viento pampero, frío y seco, intenso y con ráfagas, que sopla desde el sur o suroeste en la región pampeana de Argentina, Uruguay y sur de Brasil, que viene del Pacifico, de atrás de la cordillera de Los Andes y hace desastres.
Vuelvo a “Juan se iba por el río”. Hay una dimensión meteorológica pero también onírica y simbólica en cuestión. Martin Gras dice en una entrevista que para Walsh lo importante no es si Juan llega o no al otro lado antes de que lo alcance la crecida del río con el cambio de viento y azote la sudestada, sino que lo significativo es que “Juan lo intenta”. Gras cree que cuando Walsh habla de Juan está hablando no solo de él sino también de toda una generación. “No se si nos derrotaron o no nos derrotaron”, reflexiona Gras y sigue: “lo importante es que soy parte de una generación que lo intento y ese es mi orgullo más absoluto”. Es la generación que se animó a cruzar el río cuando vio la bajante. Se animó como Walsh, se animó como Juan.
Autores de Concordia