Eran vacaciones de verano, hacía mucho calor. Viajábamos los tres —mamá, Matías y yo— por una ruta rodeada de arena que era una playa sin mar. Quisiera acordarme en qué año fue pero no lo sé, la memoria en la infancia es una máquina potente pero imprecisa.
Justo después de arrancar, mamá me había dicho que no podía viajar adelante hasta que no fuera más grande.
—¿Cuánto más grande?
—Cuando cumplas catorce.
—Pero falta un montón.
—No me interesa, en la primera estación que paremos te pasás atrás.
Sin embargo, hacía ya una hora que habíamos hecho la primera parada y mamá no se había dado cuenta de que yo seguía ahí. Mi hermano tampoco, de lo contrario me habría delatado inmediatamente.
Cuando ya quedaba poco para llegar empezaron a aparecer unos árboles altos a los dos costados de la ruta. Eran panzones abajo y se iban angostando hacia arriba como la llama de un fósforo encendido. En el lugar donde se interrumpían los árboles nacía un camino de tierra, a la derecha de la ruta.
Después de unos kilómetros llegamos al hotel. Era de Roberto, el novio nuevo de mamá. Lo acababa de comprar y todavía no estaba abierto al público. Antes tenían que hacerle unos cuantos arreglos. Era un armatoste antiguo, marrón medio anaranjado, las paredes un poco descascaradas. Un poco como Roberto: él siempre tenía la piel quemada por el sol y era bastante viejo, o al menos más viejo que papá. Ya lo habíamos visto muchas veces en el club y también una vez que dejó a mamá en casa y nos saludó desde el auto. Él también era viudo.
—Cuando lo vean tienen que decirle gracias a Roberto —nos dijo mamá justo antes de apagar el motor.
—¿Y por qué no vino? —preguntó Matías.
—Porque quería dejarnos tranquilos.
—¿Por lo de papá?
—Sí, Matías, por lo de papá.
Matías sabía lo de la pileta pero pensaba que había sido un accidente. Mamá me había hecho prometer que nunca se lo iba a decir. Fue una tarde después del colegio. Yo había salido al jardín para pedirle alguna cosa a mamá y ahí la vi, abrazando a papá por la espalda, sacándolo del agua. Tenía puesta su ropa de siempre: un suéter con cuello en V, jeans y mocasines marrones.
En todo el hotel solo había una pareja que lo atendía: una señora que cocinaba y limpiaba y un hombre de pelo negro bien corto. Fue quien llevó todas nuestras valijas en un carrito de metal mientras nosotros caminábamos atrás sin llevar nada. Nuestro cuarto quedaba en el segundo piso. Tenía un balconcito desde donde podíamos ver los árboles de la ruta y nuestro auto estacionado, el único además de la camioneta que era del hotel. Había una cama grande y dos chicas. Matías se puso a saltar sobre una de las camas chicas. Yo me acosté en la otra. Después de descargar nuestras valijas, el hombre de pelo negro nos dijo que el desayuno se servía hasta las diez y que podíamos usar todos los juegos.
—¿Juegos? —gritó Matías y se fue corriendo a buscarlos.
—¿Pileta no hay? —le pregunté y enseguida, alarmado y lleno de culpa, miré a mamá: el que hablaba sin pensar era Matías, no yo.
—No se puede usar — respondió el hombre.
No pregunté por qué, solo quería que se fuera y no se hablara más del tema.
—¿Y si vas con tu hermano? —me preguntó mamá mientras acomodaba las cosas en el placard.
—No quiero —contesté y me puse a leer mi revista de fútbol.
Mamá se sentó frente a un escritorio que estaba en el rincón más alejado de las camas, al lado del balcón. Agarró el teléfono y llamó a recepción para preguntar qué había que marcar para hacer llamadas. Después colgó, marcó un número y se puso a hablar con alguien en voz baja.
De pronto Matías entró al cuarto corriendo, decía que había encontrado un bowling. Mamá tapó la parte de abajo del tubo con la mano y nos pidió que tuviéramos cuidado.
Seguí a Matías por un camino que atravesaba un bosquecito de árboles rojizos. Iba y venía como un perro excitado, me pedía que me apurara. Del otro lado del bosquecito había un edificio largo y bajo, como una base militar perdida en la selva. Al frente tenía una galería con sillones y mesas de ratán, y una puerta de madera y vidrio. Matías pasó por debajo de mi brazo y se metió primero. Adentro estaba fresco y oscuro. Fui abriendo los postigos de madera uno por uno. Los rayos de luz entraban en forma de columnas diagonales y revelaban las partículas de polvo que flotaban en el aire. Ahí estaban las bolas una al lado de la otra, listas para ser disparadas, la pista de madera clara y pulida, las canaletas a los costados y al fondo los palotes, todos ordenados. Era una cancha de bowling, sí, como la de los shoppings, solo que sin las luces ni el ruido. Al costado había una barra de madera con taburetes y una heladera. Matías abrió la heladera. Estaba llena de botellitas de coca y sprite. Agarró una sprite y se puso a revisar del otro lado de la barra hasta que encontró el destapador.
—Dejá eso que después va a haber que pagarla.
—Si no tenemos que pagar nada.
—Lo que consumimos sí.
—Para mí que no —dijo y dio un trago de la botellita verde.
Agarré una bola. No esperaba que fuera tan pesada. La tiré lo mejor que pude pero se me fue por la canaleta.
Matías dejó la botellita en el piso y agarró otra bola.
—Son tres intentos.
Matías protestó y dejó la bola en su lugar.
Tiré la segunda. También se fue por la canaleta.
Agarré otra, una que era un poco más liviana que las anteriores, y logré tirar tres o cuatro. Enseguida busqué una más.
—Dijiste tres —protestó Matías.
Me quedaron dos palotes. Seguí tirando mientras Matías aullaba de la rabia y corría por el costado de la pista, siguiendo el recorrido de las bolas con impotencia.
Por fin logré tirar todos los palotes. Apenas podía mover el brazo. Matías había dejado de gritar. Respirábamos con pesadez, las manos en la cintura, mientras mirábamos al final de la pista y esperábamos que los palotes se levantaran solos, como en los shoppings. Fuimos hasta el final de la pista a juntarlos de nuevo. Matías se metió en una especie de pozo rectangular donde estaban todos los palotes caídos y me los empezó a pasar de a uno. Yo los iba colocando sobre unas marcas circulares hasta que el triángulo quedó reconstruido.
—¡Salgan de ahí que voy yo!
Ahí estaba, parado al comienzo de la pista, vestido igual que en la pileta: suéter cuello en V, jeans y mocasines.
—¡Papá! —gritó Matías y corrió a abrazarlo.
—¿Vos no me vas a abrazar? —me preguntó con Matías colgándole del cuello.
No, no lo iba a abrazar.
—Bueno, como usted quiera —me dijo, así, tratándome de usted, como hacía cuando estaba de buen humor.
—Vos tirá los cosos y nosotros los paramos de vuelta —dijo Matías.
—Se llaman pinos —respondió papá.
—Mentira.
—Se llaman así, Matías —dije, haciendo como que yo también lo sabía.
Papá agarró la bola, juntó las piernas, se agachó, la dejó ir. Me hizo pensar en una mantis, o en un espantapájaros, o en alguna otra cosa fuera de lugar.
La bola se le fue por la canaleta.
—¡Tenés dos más! —gritó Matías.
Papá siguió. A veces tiraba un par de pinos, a veces ninguno.
—Ya van a ver —decía y seguía.
Matías y yo nos mirábamos.
Cuando por fin logró tirarlos todos, Matías fue caminando hasta el final de la pista y saltó dentro del pozo. Apenas cayó empezó a llorar.
—Andá a ver qué le pasó a tu hermano —dijo papá entre resoplidos y cubierto de transpiración.
Matías estaba acostado entre los pinos, agarrándose el tobillo con las dos manos.
—Me doblé el tobillo —dijo con gesto de dolor—. Ayudame a salir.
—Primero pasame los pinos.
Matías me los fue pasando de a uno hasta que el triángulo quedó reconstruido. Después se agarró de mi mano y salió.
—Sos malísimo, papá —dijo todavía con el gesto de dolor en la cara. Papá se rio. Después agarró una bola y se paró con la espalda bien derecha. Respiró hondo, levantó la bola a la altura del pecho y se quedó unos segundos así, en pausa. La soltó con toda la calma del mundo, y la bola empezó a avanzar lentamente, girando horizontalmente como un planeta en órbita hasta que dio de lleno entre el primero y el segundo pino, y fue como si el triángulo hubiera explotado desde adentro.
—Goooooool —gritó papá.
Cuando nos dimos vuelta estaba de rodillas, los brazos en alto, festejando como en el fútbol para hacernos reír. Matías se reía a carcajadas, yo apenas podía contenerme. Me metí en el pozo para buscar los pinos y me empecé a reír a escondidas, sentado en medio de la oscuridad. Cuando salí, Matías buscaba otra sprite en la heladera. Papá ya no estaba.
Eso fue hace veinticinco años. Mamá se terminó separando de Roberto y nunca más volvimos a su hotel, nunca vimos cómo quedó después de los arreglos. Matías se fue a vivir a Neuquén. Yo me quedé en Buenos Aires, viviendo bastante cerca de mamá. De vez en cuando Matías y yo hablamos de ese día. Nunca enfrente de mamá porque ella jamás habla de papá. Es su forma de no perdonarlo. Hablamos de cuando se puso a festejar como si fuera un gol, o de cuántas veces tiró todos los pinos con el primer tiro. Yo digo que solo una vez, la última antes de irse. Matías dice que todas.
La última vez que vi a Matías fue hace dos meses, cuando vino a Buenos Aires a pasar Navidad en lo de mamá. Lo vi raro. Era como si estuviera enojado u ofendido, pero cuando le pregunté si le pasaba algo me dijo que no, que todo estaba bien. En realidad hacía ya un tiempo que lo veía distinto. Ya no era el chico despreocupado que se reía todo el tiempo y de cualquier cosa. Estaba casi siempre amargado o nervioso. Quería pensar que eran los años nomás, la adultez que nos va cambiando a todos, que nos va endureciendo y resecando, pero en el fondo tenía miedo de que se hubiera enterado de cómo había sido lo de papá. Habría tenido razón en enojarse, claro. Pero a medida que pasaron los años se fue haciendo cada vez más difícil decirle. El hecho de ser el único que conocía los dos secretos de nuestra familia me hacía sentir especial. En control. No sé bien de qué. Del pasado, quizás. Me veía a mí mismo como el vértice superior del triángulo que formábamos los tres, sosteniéndolo todo con abnegación. No quería dejar ese lugar.
Esa noche decidí hablarle de papá. De esa forma iba a saber si era eso lo que le estaba molestando. Esperé a que mamá fuera al baño pero antes de que pudiera decir nada el que habló fue él.
—Volvió a aparecer.
—¿Cómo? ¿Cuándo?
—Hace un mes más o menos.
—No me dijiste nada.
Matías dejó su copa sobre la mesa y siguió hablando como si no me hubiera escuchado.
—Me pareció que tenía la ropa mojada.
—¿Ropa mojada? —pregunté tratando de sonar casual, como si estuviéramos hablando de un conocido que nos habíamos encontrado en la calle.
—El día del bowling también, pero en ese momento no le presté atención.
—Eras muy chico.
—Pero me acuerdo bien —dijo con firmeza, corrigiéndome—. Me dijo que le pidiera perdón a mamá.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—¿Y qué hiciste?
—Nada, si dijimos que mejor que no supiera.
Mamá salió del baño.
—¿En qué andan ustedes dos?
De repente me di cuenta de que en algún momento el triángulo se había invertido, y que yo había quedado abajo, solo, sosteniendo el peso absurdo del silencio de todos esos años.
—Nada, mamá —respondió Matías con un aire despreocupado que no supe si era real o fingido—. ¿Traemos el postre? ¿O esperamos a que se hagan las doce?
Autores de Concordia