Epístola

Sólo quiero decirte que dejes a las hormigas en paz. Te lo quise advertir hace unos meses pero no me salieron palabras. No quería que te lo tomaras a mal. Tampoco quiero que te lo tomés a mal ahora.

Hace un año que te veo cada mañana y cada tarde ahí, dele que dele, persiguiendo a las hormigas. Buscando su escondite. En vano, Ricardo, creeme. En vano. No importa si son coloradas o negras. Si Cecilia se fue, las hormigas no se la llevaron.

Sé que estás convencido de que todo fue ese día gris de mayo. Después de que de las azaleas no quedara nada. Sí, ya sé. Lloró toda la tarde. No sólo habían liquidado los malvones, los jazmines, las rosas rococó, ahora también se habían llevado las azaleas. Y lloraba repitiendo una y otra vez que la culpa de todo la tenían las hormigas y enumeraba uno por uno todos los venenos que había estado aplicando sin ningún resultado. A los meses vos me repetías el mismo cuento a mí.

Ricardo, sé que Cecilia se fue después de esa tarde. Pero las hormigas no tuvieron nada que ver. Es inútil que sigas pensado que está abajo de la tierra, todavía buscando a las asesinas de su único recuerdo. Inútil que persigas todos los caminos del baldío levantando los pocos pastos que quedan, para desbaratar los hormigueros. Se comieron todo, se lo llevaron todo, pero no se llevaron a Cecilia.

Tal vez debería habértelo dicho antes. Pensé que, con el tiempo, te ibas a olvidar. Ibas a entender solito que Cecilia se había ido. Que era cuestión de que pasaran los días, de que pudieses volver a tu chata, a tu trabajo, a tus cosas. Que siempre habías sido un hombre de seguir adelante. Sé que me preguntaste y que te mentí. Te dije que yo no la había visto. Te dije que seguramente se había ido a visitar a mamá a Nogoyá, que el asunto de la azalea la había dejado muy mal. Sé que te mentí. Pero pensé que era lo mejor. Que cuando Cecilia se marchó, a la mañana siguiente de ese día gris, después de que vos te fueras a trabajar, vino a casa y me pidió que no te dijera nada. Ella misma me pidió: “cuidalo a Ricardo, pero no le digas nada”. Y cuando vos me preguntaste, no me salieron palabras. Y hace unos meses, cuando te vi escarban-do con el rastrillo los canteros donde antes estaban las hortensias, en plena noche, tampoco. Tenía miedo. Miedo de cómo te lo fueras a tomar. Y seguía pensando que tal vez sólo fuera cuestión de tiempo. Que tal vez, cuando finalmente muriera la última hormiga, vos también ibas a poder olvidar.

Se fue. Decía una y otra vez lo mismo, que las hormigas se le estaban comiendo todo: el verde de las hojitas, los tiernos pétalos, el dulce color rosa del recuerdo de los años felices. Vos te ibas. Te ibas todos los días. A trabajar. Y ella, sola en esa casa en la que cualquier movimiento persistía repitiéndose como un eco entre las paredes huecas. Yo la veía. La veía todas las tardes inventándose nuevos itinerarios para recorrer ese vacío. Como ahora te veo a vos. Diseñando planos de túneles subterráneos, uno más disparatado que el otro. Que las hormigas serán inteligentes Ricardo, pero no son ingenieras.

Te ibas. Descuidaste las plantas, el jardín, las flores. Te subías a la chata y ahí quedaba mi herma-na, luchando contra la plaga, la aniquilación. Eran tantas y ella sola. Le decía: “vamos Cecilia, vamos a caminar”, pero ella: “no puedo, no puedo. Tengo que terminar de rociar las hojitas” o “tengo que pasar por la cooperativa para comprar el granulado”. O directamente me señalaba el tarro de pintura blanca y el tronco gordo de la higuera y ni siquiera hacían falta las palabras. Lo mismo que vos ahora cuando te visito: “vamos Ricardo, vamos a dar una vuelta, vamos a jugar una partidita de canasta”, y vos que no, que estoy muy ocupado. Pero a mí no me engañás porque te veo, te veo desde la ventana todos los días, todas las noches con la linternita, ahí, buscando. ¿Qué? ¿El zapato de Cecilia? ¿Una nota que se le haya caído? ¿La hormiga cómplice? ¿El juicio a las hormigas que consiga averiguar quién se la llevó? ¿Por qué se la llevaron? Te veo hamacarte en la mecedora a la tardecita, solo, con el ruido de las chicharras y los sapos alrededor, y apenas escucho los balbuceos, las acusaciones incomprensibles. Ricardo: Cecilia se fue. Se fue como vos te ibas cada mañana. Cuando ya no le quedó nada más, después de su ensañamiento con las hormigas, cuando se dio cuenta de que las hormigas la habían vencido, que se habían llevado hasta el último verde, entonces vino esa mañana, sin traer nada en las manos, vos ya lo sabés porque los roperos están llenos de sus cosas, vino sin nada y me dijo que se iba. Que se iba lejos. Que ya no podía seguir durmiendo al lado tuyo, indiferente. Que tenía que aceptar que las hormigas le habían ganado. Que los había defraudado. A vos primero, porque no había sabido cómo enraizarte, y a las plantas después. Intenté hacerla entrar en razones, que era una locura, que a dónde se iba a ir, que todavía podía volver a plantar otra azalea, otros jazmines, otros malvones, que yo la ayudaría a combatir las hormigas. Sólo me miro con esos ojos transparentes. Y me dijo que yo no entendía. Que ya no había nada que hacer. Sólo irse.

Así que, Ricardo, sólo irse. Yo mismo la acompañé a la ruta esa mañana. Insistí en llevarla en el auto pero me dijo que prefería caminar. Fuimos de acá a la ruta 12, donde paraba el colectivo del mediodía, y de ahí siguió a Paraná. Y de ahí, quién sabe. No supe nada más. Ni una carta. Ni una llamada. En algún momento, se dio vuelta y dijo que las hormigas la seguían, pero no por mucho más. Eso fue todo.

Espero que ahora entiendas. Las hormigas no fueron. Te veo hablarles, gesticularles, explicarles, intentar entenderte con ellas. Te veo coimeando a algunas, intentar dividirlas, dejando un poco de cebo por un rincón y pastito por otro. No vas a conseguir nada. Ni aunque lograras matar a la última buscando que confiesen, Cecilia no volvería.

Voy a dejarte esta carta en el cuartito de herramientas. Podés seguir buscando más venenos. Podés seguir practicando diálogos y persuasiones imposibles. O podés agarrar el equipo de pesca, pasar a buscarme y acompañarme al arroyo del Doll para pasar unos buenos ratos, viendo si algo pica en la tarde. Como en los viejos tiempos.

 

**Publicado en el libro “Cacerías en la noche” (Casa del Escritor, 2019). «Primer Premio Casa del Escritor» (Rafaela, Santa Fe, 2018).