Reseña a Los que vuelven del arroyo, por Matías González.

Los que vuelven del arroyo, Mara Rodríguez, Azogue, 2023. Por Matías González.

Mi dealer conoce mi locura mesiánica –o menemista– respecto de un segundo advenimiento del boom, que se originará en Entre Ríos –y alcanzará la estratósfera, Barcelona y de ahí, hora y media, traducciones en París, Tokio, Nueva York. Por eso me acercó estos días una cuidada edición de Azogue, cuyo gramaje total apenas supera las ochenta páginas. Me froté algunos párrafos contra la encía: tipografía 11, sintaxis flexible, sobrio balance del peso verbal y la promesa de un cierto encanto. Regateé un 15%, por maña de buen roedor. No se trata de una novedad editorial. Parabién: las reseñas a rezago indican que una obra ha superado las salutaciones inaugurales (va por la segunda reimpresión). Segundo parabién: el reseñista depone la campana de pregonero y nomás es un conversador animoso, o medio manija, sin ningún compromiso contra el spoiler.

Venía prevenido yo contra el arroyo del título. Más allá del productivo chiste de Borges, en el Corán hay algunos camellos y la literatura entrerriana encara el universo desde sus ríos, riachos y arroyuelos. Por lo demás, este arroyo en cuestión no corre decorativamente: amurallado de un ramaje espeso, es la oscura arteria palpitante, o nervio vago, de una apretada constelación de sentidos en torno al animal humano –la grandilocuencia antropológica va por mi cuenta. Vamos al dibujo neto: la narradora y protagonista, una profesora universitaria, se aísla en su casaquinta en venta y subsiste con víveres mínimo; la tenacidad morosa de rejuntar y embalar los bártulos es casi la contraparte ceremonial de velar el desmembramiento de la familia: el esposo ha quedado en la ciudad y su hija estudia en Rosario. Con todo, el duelo mayor responde a la ausencia de su hijo Julián. Cuando niño, se había zambullido en un recodo del arroyo, luego había manifestado ciertas singularidades y había terminado por desaparecer. Ahora la madre atisba entre los pastizales su retorno o alguna respuesta.  

“Tengo algo adentro”, había dicho Julián. La zona Stranger Things de la novela, lo que remite a los desalojos o mutaciones de la identidad, a las fronteras interiores en clave tenebrosa, a eso que podríamos denominar la vertiente psico-gótica, no me resultó lo más interesante (opinión que contrasta con la de una amiga, remisa a la devolución de libros). Probablemente, sobre este coto, el influjo poderoso de Schweblin haya quemado el pasto. Su ceñido látex sintáctico y ajustadas válvulas llevaron lo siniestro a una magistral sesión de asfixiofilia; en este sentido, Rodríguez proponen un desafío bronquial aligerado de eucaliptus.  

Una frontera muy lograda es la de esa ruralidad citadina y pequeñoburguesa, loteada a hipotecazos. El anfibio patio con pileta, el guardabosque en ojotas que riega el césped para poder cortarlo, embrión de los actuales motosierristas (“Apaga la máquina y se la cuelga como si fuera una prótesis, un brazo guadaña”), la siempre imposible paz vecinal del rottweiler y el caniche, y hasta una fantasmal ninfa drogada, resabio de una fiesta electrónica.

Entre “texto” (textus: tejido) y “sutura” (suĕre: coser) hay una hermandad etimológica. En cierto tramo la protagonista evoca la cirugía de su mamá. Tras ser vaciada, la paciente había comenzado a hurgarse, a destejer la sutura en busca de alguna hondura purulenta o punto de mala praxis. La escena funciona, al interior del texto, como una matrioska de madre vaciada, pero me interesa ahora que coser y descoser heridas es una buena metáfora –un toque cursi y manoseada, pero buena– del quehacer literario.

Rodríguez nos ofrece un buen vaivén de costurones y descosidas. Pero los polos de esa hamaca no se dejan pensar bajo las clásicas oposiciones de civilización y barbarie, doméstico y salvaje o crudo y queso. Su magnética parece ir desde un fondón de naturaleza vestigial, peligrosa y fascinante, hasta una especie de naturaleza segunda, medio muerta o distorsionada, pero igualmente perturbadora (la frontera continua o difusa entre química orgánica e inorgánica puede darme ahora un apoyo ilustrativo). No sabemos cuánto contaminamos el arroyo ni cuánto el arroyo nos contamina. Las finas nervaduras capilares de su torrente se cuelan en la piscina (“En las paredes –de la pileta– creció un musgo verde y aparecieron algunas plantas acuáticas, señal de que el arroyo llega por las napas subterráneas”) y acaso en todos los cimientos de las costras edilicias y aún de nuestra chatarrería electrónica. Nada deja ver hacia atrás la ingenua lógica rousseauniana, nada deja ver hacia adelante la ingenua lógica progresista. No se entrevé, en todo el largo tendido, ningún foco amigable y qué macana todo. (Tal vez sí, tal vez la protagonista lo deje señalado, pero de pasada, tal vez al fin de cuentas sea una romántica, en el sentido popular y candoroso del término. Veamos: para evocar plenitud sexual compara a su marido con un animal, un perro, pero luego también observa, con estricta diagnosis, que el beso de lengua, esa especie de moño evolutivo o interfaz cultural sobre el mecanismo del coito, constituyen la fe de vida del amor-sexual: tal vez entonces la luz del beso no solo sea el final cantado del viejo Hollywood sino también la mejor promediación humana posible entre el reptil de cola escamosa, espeso de apetitos oscuros y, de esta otra parte, el futuro ciborg, a lo Olga Ravn, con el totó lleno de chips y una angélica sonrisa de enajenación asexuada que se llevará a Marte, como sirviente, un nieto ultragenético de Elon Musk.)

La naturaleza bien puede ser amenazante. Pero la protagonista no deja de escrutarla, como si buscara reconocer, con antiguo olfato, qué mezcla de yuyos componen el antídoto balsámico. Y ahí donde el marido prefiere las chatarras y las costras, esto es, el ensamble de electrodomésticos y su vida citadina, ella reasume lo fáunico.

El contexto político impone una aclaración: reasumir lo fáunico de ningún modo quiere significar avanzar hacia las animaladas.

Me releo y presumo que incurrí en algún exceso semiótico o en alguna efusividad de entre líneas. Qué se le va a hacer. La buena literatura estimula las glándulas interpretativas.

 

PD: No creo que sea la causa de las sádicas fantasías de exterminio del gobierno nacional, pero ciertamente, y volviendo a la cantidad de camellos que admite el Corán, nuestras laicas escrituras acusan una superpoblación de profesores universitarios. Le supongo a este dato una entendible razón de endogamia disciplinaria. Cuando la perspectiva de una creación responde al propio equipamiento situado, se minimizan los riesgos de desentonar. Y por lo demás, concederse ciertas comodidades auto-ficcionales no resulta menos artístico per se que revolear una libertad imaginativa. Por supuesto que cuando, por sacar ejemplos vistosos, Marina Closs, doctorada en literatura alemana, insufla vida a un camionero o a una mujer guaraní, o cuando Cabezón Cámara hace otro tanto con una esclava sexual del conurbano, no hay más que virtuosa potencia creadora. Pero de otra parte, muchas desaforadas invenciones parecen tiradas de alguna confianza emprendedora, infatuadas de consignas motivacionales impartidas en aulas de administración de empresas creativas. Bien entiendo que reprimirse no suele ser literariamente beneficioso, pero bastarse de pura desinhibición, y lo que es peor, de la pura desinhibición coucheada, en algún punto se me antoja en línea con las performances políticas de la temporada, donde el solo impudor de rugir quiere suponer algún tipo de valor. Bajo cierta coyuntura perceptiva, entonces, siento una renovada tolerancia por los personajes universitarios que, en algún momento, lo admito, me habían cansado un poco.