
El primer día que toqué un tumor, me desmayé. Del otro lado del biombo, una mujer decía que los paliativistas éramos los ángeles de la muerte.
Sabrina S. Morelli
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En la espiritualidad del cristianismo de Oriente el cráneo es el recordatorio definitivo de la brevedad de la vida terrenal. Esto se conoce como la memoria de la muerte (mneme thanatou), un concepto que no se considera un pensamiento sombrío, sino un don del Espíritu Santo. Juan Clímaco, en su célebre libro La Escalera Espiritual, escribió: "La memoria de la muerte es una muerte cotidiana".
En los textos de los maestros del monacato antiguo conocidos por la tradición como Padres del Desierto -monjes habitantes de los desiertos egipcios que formaron parte de la edad de oro del monaquismo, es decir, del 250 al 450- , esta práctica de la memoria de la muerte producía el efecto de una inmensa paz (hesychia) y un estado de compunción gozosa (catanixis). La compunción es una tristeza dulce: el dolor por los propios desaciertos mezclado con la certeza de la misericordia divina.
Evagrio Póntico, pionero en la antropología psicológica del monacato egipcio, integró la práctica clásica de la meditación sobre la muerte (melétê thanátou) en la ascesis cristiana. Este ejercicio consistía en contemplar la propia finitud —simbolizada en el cráneo— para extinguir el temor a la disolución física. Mediante esta confrontación, el anacoreta erradicaba sus apegos mundanos y accedía a la impasibilidad del alma (apatheia): un estado de libertad donde, al no haber nada terreno que perder, el miedo quedaba disuelto.
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Meditar el poemario La vida crece muriendo (2021) de Sabrina S. Morelli bajo la visión del cráneo resulta revelador. Aunque la obra emerge en el contexto contemporáneo de la clínica y el acompañamiento en un hospital público, dialoga de forma directa con la mneme thanatou.
El libro puede desglosarse bajo esta meditación -levemente insinuada- a través de cuatro claves semánticas:
I. El hospital público como el nuevo desierto
Para los anacoretas del desierto, la geografía hostil y despojada era el escenario donde la verdad de la condición humana quedaba al desnudo. En la obra de Morelli, las habitaciones descascaradas, las camillas y el entramado de cables operan como las nuevas celdas monásticas: el entorno hospitalario desviste al ser humano de sus máscaras sociales y de las ilusiones cotidianas. Así, el poema "destino" evoca un despojarse del azar para asumir el combate definitivo del cuerpo en su trinchera, un eco cercano de aquella lucha que los monjes libraban en la soledad contra su propia finitud.
II. La destrucción de la ficción del yo
El núcleo del paradigma del cráneo radica en asimilar la transitoriedad del "yo" material. Morelli lo explicita en “teatro corporal” al referir el lenguaje / de la descomposición del yo / esa ficción gramatical.
Al igual que el cráneo de Abba Macario revelaba que bajo la tierra las jerarquías humanas se disuelven, estos poemas muestran cómo el cuerpo enfermo pierde su consistencia biológica y se expropia de sus certezas. El tumor sincopado o la “falla multiorgánica” operan como herramientas ascéticas involuntarias que fuerzan el desarme del yo. Ante la inminencia del final, despojado el ser de todo artificio, emerge lo real: la memoria como el único órgano sano.
III. El aislamiento contra la salvación por la mirada
En los Apotegmas de Macario, el infierno se define como el aislamiento absoluto: estar de espaldas, imposibilitados de vernos los rostros. En los versos de Morelli el ruido de pasillos clínicos, la “siembra química” y el blanco proceso de manufactura médica amenazan con deshumanizar al paciente. Sin embargo, la autora halla el alivio espiritual —ese mismo bálsamo que el cráneo del apotegma recibía mediante la oración— en la mirada compartida: Sólo hablamos con la mirada... El silencio tomaba una forma densa, crecía. Era un cuerpo más en la habitación. Mirar al otro de frente en el umbral de la muerte, sostener el silencio y rechazar las muletas transitorias de una falsa esperanza equivale a esa comunión cara a cara que los Padres del Desierto consideraban el anticipo del paraíso.
IV. La aceptación mística: "Transformarse en arena cálida"
El título de la obra condensa la paradoja del memento mori: para que la vida crezca en su dimensión eterna, hay que aprender a morir cotidianamente. Frente a la invasión de cangrejos en la cama (la metástasis), la voz poética no propone una resistencia violenta ni un optimismo ciego —de hecho, afirma que acá nadie necesita 'poner voluntad'—, sino una destinación, no ya de trascender todo lo dado sino de trascender su último límite, el de lo quitado: había que decirles que sí / y transformarse / en arena cálida. El límite de la muerte: deseo de ser siempre.
Abba Macario usaba un cráneo como almohada porque no le temía a la materia despojada; supo entregarse en la confianza vacía de su mano abierta a la ausencia de la vida, en ese gesto de fe del aquí de la muerte y del allá de la vida. Del mismo modo, el libro describe el tránsito final no como un ahogo, sino como el acto consciente de un nadador que sabe cuándo entregarse a la boca marítima, un tajo en el agua que deja de respirar / en un acto voluntario / definitivo.
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El libro de Sabrina S. Morelli es una transfiguración poética y laica de la memoria de la muerte. Mirar de frente a la muerte no es un acto de ceniza, sino un milagro de puntualizar la santidad de la finitud. Solo ante ese abismo aprendemos a saborear la dulzura primera de la infancia, el perfume suspendido de las frutas y el breve instante en que nos fue dado habitar un cuerpo.
La pregunta con que inicia el poema “existencia”: ¿quién es alguien que aún no es?, respuesta que permanece oculta en el título del poemario La vida crece muriendo, distancia ontológica y oncológica, porque todo humano es la diferencia de sí, busca lo que no es para llegar a ser quien es. Desea ser diferente, pero no de otros: de sí. Soltar, desasirse y hasta despojase, es el modo humano del instinto de conservación.
Semejante a la semilla que se rompe en la oscuridad de la tierra para desatar el brote, el fin no es el apagón del ser, sino el destello que desoculta su potencia más propia; lo que ella alumbre dependerá del arraigo que siga conservando del ser que las dio a luz, los filamentos de la raíz de la que brotaron. En el umbral de la herida, del rompimiento, allí donde el mundo se deshace, germinan preguntas de agudeza mística: ¿por qué temo perder el amor / cuando pierdo la forma?
Solo quien ha lavado su mirada en la cuenca vacía de un cráneo —o en la vigilia silenciosa de una cama de hospital público— es capaz de contemplar la existencia libre de sus ropajes ilusorios, de pie, entregada a su más pura, trágica y viva estructura ósea, como el regalo de no tener regreso:
infinitud
su piel se convirtió
en un compendio
de literatura fisiológica
incontables células mutaban
no podían subsumirse
a un nombre, no alcanzaba
un diagnóstico
para preparar una cura
o una detención
infinitos eran los pliegues
donde se resistía esa vida
que crecía muriendo
Por Gonzalo Acosta Tito
Autores de Concordia