UNA LECTURA DE RAYOS QUE ABREN PÁJAROS, DIARIO EL LITORAL

UNA LECTURA DE “RAYOS QUE ABREN PÁJAROS” DE GONZALO ACOSTA TITO

De Jesus Goicouria para El Diario El Litoral (Santa Fe, 18 de septiembre de 2026)

Podría ser un día cualquiera. Vas caminando, cruzando una avenida o esperando en una esquina, estás con la cabeza metida en mil cosas. Repasando un correo  o un mensaje que no contestaste, calculando un gasto, apurando el paso porque siempre hay algo que parece urgente. Hay ruido de motores, bocinas, el murmullo tenso de la gente. Y de golpe, desde alguna rama invisible o un cable de luz, se escucha el canto de un pájaro.

Es apenas un segundo, pero la cabeza hace una pausa obligada. No hace falta recurrir a tratados de psicología para entenderlo. Nuestro cerebro, que en el fondo conserva el instinto de un animal siempre alerta, asocia el canto de las aves con la seguridad del entorno. Si los pájaros cantan, significa que el depredador no anda cerca. Es una tregua física. Un respiro que te ancla otra vez al suelo. Esa misma sensación de pausa, de bajar la velocidad de golpe y volver a mirar lo que tenemos enfrente, es lo que ocurre al leer Rayos que abren pájaros, de Gonzalo Acosta Tito.

Hay una creencia de que el poeta debe querer animar el mundo, como si quien escribe fuera el primer habitante del idioma, un conquistador del desierto. Acosta Tito elige otra puerta, pues ve y muestra que ya hay un despliegue vital. Antes del primer poema, deja varios nombres a la vista: Juan L. Ortiz, Rainer Maria Rilke, Emily Dickinson, Alejandro Bekes, Rabindranath Tagore, Marcelo Leites y Hugo Mujica. No están ahí para armar un catálogo de buenas lecturas. Están ahí porque escribir es sentarse a conversar con lo que otros ya pensaron. Si alguien forja una expresión está quién detiene el tiempo en la escucha. Reconocer la hospitalidad de esos autores desde el inicio transfigura una postura de superioridad en ese halo de espíritu solemne que implica saber dar las gracias. El poeta sabe que es un deudor, y lo asume, es un nido en el nido del mundo.

El primer texto insinúa el territorio. No hay abstracciones sueltas, sino la vivencia de un cuerpo que ríe, come, llora y se olvida de ciertas cosas: Abrir un claro en un día de gracia como se abrieron nuestros pulmones gracias al grito primal que nos salvó de ahogarnos, así nacimos a la alianza con el hambre y el aliento como el hachero que busca abrir claros de luz para sustentar con la leña el hambre de calor y despertar en el aire el aliento del camino.

Nacer es aliarse con el hambre y el aire. La imagen del hachero es impecable: no busca talar el bosque para demostrar dominio, solo corta lo justo para tener calor y poder seguir adelante. Los versos de Acosta Tito operan con esa misma economía. Usan la cantidad precisa de palabras para que el poema no se ahogue. Esa falta de adornos permite acercar el ojo. El autor se detiene en el cuerpo, en las manos, los ojos y los pies, porque al final es ahí donde la existencia pasa factura. Los conceptos no sangran; los pies sí. En "Unos pies", el recorrido arranca pegado al suelo:

(…) Unos pies pronuncian un camino

hacia la altura donde amar lo creado,

un silencio para oír

el corazón de carne

un salto hacia dentro

hacia donde crece el miedo:

 

el de reconocerse resucitado

en unos brazos que reciben lo deseado (...)

Para ir hacia arriba, primero hay que saltar hacia adentro y tocar el miedo. No hay atajos para el asombro. El miedo es parte del trato cuando uno espera el abrazo del otro. Hay una línea que atraviesa todo el poemario y que tiene que ver con cómo miramos el daño y el paso de los años. Por lo general, preferimos que las heridas cierren rápido, que la piel se endurezca y a otra cosa. Propone algo más difícil: dejar que el barro se vea. Lo anota en "Todo se oscurece":

(...) huellas que inauguren heridas

que a la distancia pedirán ser sanadas

no cicatrizadas,

      como lluvia que lava las pisadas

no enterrándolas sino desnudando su barro,

así la primera lluvia del mundo

que despertó un sentido nuevo en la tierra.

La diferencia entre sanar y cicatrizar es el centro neurálgico de este libro. La cicatriz es un cierre, un tejido que aísla. Sanar, en estas páginas, es dejar que el agua limpie pero sin tapar la tierra, asumiendo que lo que pasó sigue ahí. El poema remata advirtiendo que "todo sucede de una vez para casi siempre / como expresión de unos pies lastimados / en la sombra de la niñez". El pasado no se guarda en un cajón. Camina a nuestro lado.

Esa misma mirada, despojada de dramatismos prefabricados, se aplica a la vejez como si mirar fuera quitarse los zapatos para que el crujir del suelo no ahuyente las maravillas. En "Un altar tus manos", envejecer se vuelve un acto de contemplación mansa:

(...) Paró de llover,

     el peso de la mariposa levanta su vuelo

   y el pájaro entona su gracia.

Unos rostros contemplan y envejecen

en el temblor de sus manos,

en lo ido

         lo pasajero olvida su tiempo

es la lluvia que vuelve a caer sobre un paraguas.

Las manos que tiemblan son el altar que sostuvo "los pies estables del desierto a la lluvia". No hay una queja frente al tiempo que se va. Se envejece como llueve o como vuela un pájaro: porque es el orden natural de las cosas. Esa aceptación le da a la obra una serenidad poco común. Se nota el diálogo profundo con Hugo Mujica, sobre todo en cómo Acosta Tito maneja los silencios. Un epígrafe lo adelanta: "Cuando dos huecos se encuentran / no son huecos: es transparencia". Esa claridad aparece en "A través", cuando el autor mira el agua golpear el vidrio:

Llueve a través de los años

desde la vez en que se inició la caída

y el lenguaje de los pájaros nos fue escondido,

 

el agua en la ventanilla

y las gotas que se guardan en el oído

semejan a un anochecer que despierta intimidad.

II

Llueve transparencia sobre la sed del campo

y la tierra se revela prodigiosamente otra.

La lluvia cae sobre la sed del campo y la tierra cambia. El poema hace lo mismo. No saca conejos de la galera. Solo presta atención a lo que ya estaba ahí para que podamos volver a mirarlo. Es como si la contemplación imitara algo de lo cíclico de la vida

Rayos que abren pájaros no busca bajar línea ni darnos lecciones sobre cómo vivir al modo de un tratado moral poético. Busca algo mucho más directo: hacernos compañía. En "Víspera caída", habla de una diafanidad que "conoce el mal / no haciéndolo / sino padeciéndolo" y de la necesidad de "habitar las propias raíces, / allí en lo ignorado". Y en el último poema, "La toda luz", el autor escribe: "en el vientre de la memoria / una herida hace pie / un recuerdo deshabita la extrañeza / en su límite de luz: / en la lengua / habla el dolor, / aquel nombre escrito / en las manos".

Escribir un nombre en las manos es la prueba física de que no caminamos solos, de que hay afectos y deudas que resisten el paso de las décadas. Es un libro que se puede leer en una tarde, pero que tiene el ritmo de las cosas que piden demora. Como los pájaros del epígrafe inicial, no encierra las palabras para retenerlas; las suelta "para creer que regresa". Y uno, como lector, agradece esa soltura. Agradece la pausa, el silencio y la lluvia en su vuelo.

 

RAYOS QUE ABREN PÁJAROS

…y miles de pájaros picoteaban los granos de oro de su corazón.

Marta Zamarripa

Amanece lo posible               

y el cielo todo lo toca               

son los primeros rayos que abren pájaros,

unos ojos donan su visión de luz                                                       

        prestan su fe,

así lo sereno y la llanura

se acercan en una mano

            con un ramo deslumbrante de flores silvestres.